El cine, la vida y el placer: Comer, beber, amar, morir

La vida solo se puede vivir disfrutando de ella y de sus placeres, olvidando por un momento la amenaza de la muerte, la vida en el más allá o las responsabilidades cotidianas. El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante y El festín de Babette nos muestran cómo la gente vive y muere en el placer.

El placer es parte importante de lo que nos define como humanos, una de las formas más efectivas de fijar nuestra mirada en la vida. Por encima de la desgracia o la tragedia, sigue ahí aunque lo reprimamos, lo ignoremos o lo neguemos. 

«La comida tiene así la capacidad de desatar la emoción, (…) de abrirles la mirada hacia una existencia distinta.»

Por otro lado, el protagonismo que la comida ha tomado en nuestra cultura tiene su reflejo en el cine gracias a muchas películas en las que el acto de comer nos transforma, así, en plural. Desde Comer, beber, amar (Ang Lee, 1994) a Ratatouille (Brad Bird, 2007) pasando por Chocolat (Lasse Hallström, 2000), la gastronomía se ha hecho un hueco en el cine como una celebración incluso erótica de la vida.

De entre esas muchas historias, hay dos que destacan al mostrar el arte de la gastronomía como una fuerza incontenible que nos aferra a la vida a través del placer y nos hace olvidar nuestra fugacidad.

Transformados por el placer

En El festín de Babette (Gabriel Axe, 1987), una película danesa que recogió el Óscar como mejor film de habla no inglesa, la gastronomía se convierte en un elemento capaz de devolver a sus personajes a la vida.

El festín de Babette (Gabriel Axe, 1987)

La cinta nos cuenta cómo en el pasado, una especie de cura logró convencer a sus propias hijas y a todos los habitantes de una comunidad de cumplir una serie de normas arbitrarias y represivas, que acabaron estableciendo una distancia permanente entre ellos. Seguir sobreviviendo en ese entorno insociable, frío, puritano y gris parece tan solo un acto de tozudez, hasta que una cocinera francesa, Babette, organiza un pantagruélico banquete en el que el placer toma las riendas. Los asistentes son capaces de disfrutar de él sin culpa, gracias a las deliciosas viandas servidas y a un insigne miembro de la comunidad, el General Lorens Löwenhielm, quien a través de la descripción entusiasta de los platos consigue zambullir a los comensales en los deleites de la alta gastronomía.

El director nos muestra en esta cinta la completa transformación de sus personajes por el arte de Babette en la cocina y el placer compartido en la mesa: mejillas arreboladas, verbo desatado, dulzura en la mirada, sonrisas… La cohorte de muertos en vida resucita en ese banquete que ha sido capaz de tocarles el alma.

La comida tiene así la capacidad de desatar la emoción, de ofrecer un componente social al unir a los personajes e incluso, de hacerles trascender sus preocupaciones espirituales para abrirles la mirada hacia una existencia distinta. El arte de Babette en los fogones logra desatar en ellos incluso el deseo de recuperar el tiempo perdido

Una de las grandes aportaciones de esta película es la capacidad de contarnos que no es lo mismo vivir que sobrevivir, o que centrarse en una vida que contempla la muerte permanentemente a través de la negación del placer, el cumplimiento exhaustivo de las normas religiosas y el deber. Todas esas preocupaciones, incluyendo la inquietud por el qué dirán, se muestran como la mejor forma de lograr permanecer muerto en vida. Y la gastronomía es la herramienta de la que se vale el director para que sus personajes despierten al placer. Les ofrece un espacio donde por fin pueden mirar, aunque sea durante un rato, hacia una vida más terrenal y luminosa en la que olvidar la irremediable muerte.  

En ‘El festín de Babette’ descubrimos el arte de volver la mirada a la vida a pesar de haber casi olvidado a lo largo de los años cómo hacerlo.

El imperio de la estética y la sensualidad

En El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989), la belleza, el deseo y el placer coquetean constantemente con la amenaza, el peligro y la muerte. El controvertido director inglés nos muestra una historia en la que el momento del disfrute se vive hasta sus últimas consecuencias en encuentros efímeros, donde la gastronomía y la sensualidad se unen a una estética inconfundible.

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1987)

La historia nos cuenta cómo el ladrón Albert Spica (Michael Gambon), un mafioso narcisista, vulgar y asesino, se ve engañado por su esposa Georgina (Helen Mirren), a la que maltrata y humilla siempre que tiene ocasión. Casi toda la historia transcurre en el restaurante propiedad del ladrón, donde el director juega con el contraste entre el carácter energúmeno y escatológico de Spica y la fina sensualidad que respira la relación de Georgina con su amante, Michael (Alan Howard). 

«…Concentrados en la vida, a través de la sensualidad y los placeres que el sexo y la gastronomía les brindan.»

Michael y Georgina disfrutan de los placeres sensuales de la gastronomía y del sexo, escondidos en los rincones que el restaurante les brinda, y lo hacen de manera delicada y sutil. La viveza de los colores de los escenarios en los que tienen lugar sus encuentros (el blanco del baño, por ejemplo) es símbolo perfecto de la ternura y se confronta con el apabullante escenario rojo, el comedor, donde Spica gobierna como una suerte de demonio en medio del caos y la grosería. 

La amenaza y la muerte que acechan no son suficientes para que Georgina y Michael vuelvan su mirada hacia ellas: siguen obstinadamente concentrados en la vida, a través de la vivencia de la sensualidad y los placeres que el sexo y la gastronomía les ofrecen. El tremendo contraste es que Spica, rodeado de opulencia, terciopelo, seda y los mejores manjares, es incapaz de disfrutar de nada de todo ello. Enfocado en la tortura de sus semejantes y en la demostración permanente de su poder, el ladrón no sabe gozar de lo sutil ni de lo bello y no encuentra placer donde Georgina y Michael sí son capaces de hallarlo. Hasta tal punto lo hacen los amantes, que logran olvidar el precio que pueden llegar a pagar por ello.

La culminación de la cinta es una apoteosis en la que el director vuelve a jugar con lo bello y lo grotesco, para dejarnos colgados en una sensación ambivalente, donde se encuentran y se armonizan la belleza de la gastronomía con la muerte.

En El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante descubrimos cómo es no desviar la mirada de la vida, a pesar de que la muerte aceche. Y quizás, parte de quiénes somos se defina por nuestra capacidad de mirar hacia un lugar u otro y nuestra firmeza para mantener la decisión tomada.

El placer que nos brinda el arte de la gastronomía revela que, a pesar de la inevitabilidad de la muerte, existe un espacio amplio para disfrutar de la vida y que la gastronomía es una de las maneras más exquisitas de anclarnos a la pulsión vital. El placer gastronómico se multiplica gracias a la consciencia de que el momento del disfrute es tan hermoso como breve, tan bello como frágil, igual que lo es la vida.

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