“Esterno Notte”, lo político y lo humano

Palestina y el caso Dreyfuss en Francia son los ejemplos donde la vida humana o el interés colectivo pasan a segundo lugar cuando el Estado y su sistema se ven cuestionados. En la serie Esterno notte se ficcionaliza magníficamente esta máxima a través del asesinato de Aldo Moro, el dos veces primer ministro de Italia (SPOILERS).

A finales de los años 70 del pasado siglo se producía en Italia el secuestro y asesinato de Aldo Moro, dirigente de la Democracia Cristiana (DC) y Primer Ministro italiano en dos ocasiones. Eran los Años de Plomo, quizás uno de los momentos más convulsos de la historia política de aquel país. 

«El sistema se defiende a sí mismo por encima de los valores, creencias y escrúpulos de quienes detentan cargos de poder»

Sectores amplios de la DC, con el beneplácito del Vaticano y apoyados por las cloacas del estado, trataban por todos los medios de evitar que el Partido Comunista Italiano (PCI) llegara al gobierno. En ese contexto, Aldo Moro se atrevió a plantear algo que se vio como una idea loca: asumir que el PCI era tan legítimo como cualquier otra formación política y que el pueblo había votado en masa esa opción. Por eso, Moro consideraba necesario establecer cauces de negociación con ellos y tratar de formar un gobierno que los incluyera como apoyo. Ese es el punto de partida de Esterno Notte (2023), una serie de 6 capítulos dirigida por Marco Bellocchio, sobre uno de los episodios más oscuros de la política italiana y que más disparó en su momento la desconfianza de los italianos en sus instituciones.

La olla a presión 

La serie se basa en la vivencia ficcionada de quienes más de cerca vivieron las consecuencias del secuestro y asesinato de Moro en el periodo que va del 16 de marzo del 78, día en que las Brigadas Rojas le secuestran, hasta el 9 de mayo del mismo año, cuando aparece muerto por numerosos impactos de bala en el maletero de un coche en Roma.

Fabrizio Gifuni como Aldo Moro

Lo más destacable de la serie, más allá de la terrible situación y el ambiente tenso que describe, es quizás la composición de personajes y cómo muestra que el ejercicio del poder puede transformar a las personas. O lo que es lo mismo: cómo el sistema se defiende a sí mismo por encima de los valores, creencias y escrúpulos de quienes detentan cargos de poder.

El director nos dibuja en el primer capítulo a un Aldo Moro algo obsesivo, un personaje encarnado magistralmente por Fabrizio Gifuni. Moro se nos presenta como una persona creyente, de misa diaria y defensor de los valores del cristianismo hasta sus últimas consecuencias. Sus posicionamientos morales y religiosos van acompañados de una profunda confianza en el entendimiento y la conciliación, de ahí su apuesta inquebrantable por el acuerdo con el adversario político, a pesar de las posturas contrarias en la DC y el Vaticano.

«¿Cuántas veces la maquinaria mediática e institucional nos ha vendido y nos siguen vendiendo la salvaguarda de un pequeño grupo como interés colectivo?»

En el episodio dedicado a Pablo VI, Bellocchio nos ofrece a un papa algo arrogante y soberbio, alguien que esconde su fragilidad y su enfermedad y a quien en el momento de los acontecimientos que se narran le quedaban pocos meses de vida. Tras el secuestro de Moro, se sentirá culpable cuando recuerde cómo le presionó para que no contara con los comunistas en su gobierno, sin escuchar las razones. Vemos a una persona abrumada por la responsabilidad y que llega a confesar en una conversación telefónica que su cargo le veta la posibilidad de encarnar al humano que sufre y que suplicaría a los terroristas por la vida de Moro. Ese momento es crucial en la serie, pues observamos de forma clara cómo alguien que asume su cargo se desvincula de su ser como individuo libre y se obliga a vivir la realidad de una forma distinta por detentar una función política.

Pablo VI solo es uno de quienes muestran cómo el ejercicio del poder transforma su comportamiento. Francesco Cossiga, que fue alumno aventajado y amigo personal de Aldo Moro, se nos presenta con una actitud errática y una forma de conducirse que sorprende a propios y a extraños (por ejemplo, al representante del gobierno americano con el que se entrevista varias veces). Más allá de la presión y los altibajos emocionales que la situación le provoca, Cossiga acaba colaborando y cerrando filas con quienes le piden que proteja por encima de todo al estado y sus instituciones, incluso a riesgo de traicionar la imagen pública y personal del mentor al que tanto apreciaba.

La condición humana y el poder

Afirma Hanna Arendt en “La condición humana” que las esferas pública y privada “en el Mundo Moderno (…) fluyen de manera constante una sobre la otra, como olas de la nunca inactiva corriente del propio proceso de la vida.” Y así parece ocurrir aquí, pero con una clara superposición del llamado “interés de estado” sobre cualquier cosa, incluso y de forma sorprendente, sobre la vida de una persona de estado.

«El aparato político, institucional y de estado avanza como una máquina de demolición por encima de voluntades individuales»

La cuestión que todo este escenario nos plantea es: ¿cómo definimos qué es el interés público? ¿Cómo se determina que lo que se está presentando como interés del conjunto no es en realidad el interés de unos pocos? ¿Cuántas veces la maquinaria mediática e institucional nos ha vendido y nos siguen vendiendo la salvaguarda de un pequeño grupo como interés colectivo? Seguro que el lector puede recordar ahora mismo alguna que otra.

De nuevo Arendt, aclara en el mismo análisis: “la sociedad espera de cada uno de sus miembros una cierta clase de conducta, mediante la imposición de innumerables y variadas normas, todas las cuales tienden a «normalizar» a sus miembros, a hacerlos actuar, a excluir la acción espontánea o el logro sobresaliente.” Quizás eso fue lo que no se le perdonó a Moro: actuar de forma no normalizada en un entorno de poder, donde el aparato político, institucional y de estado avanza como una máquina de demolición por encima de voluntades individuales, aunque esta responda a lo que el pueblo ha votado. Quizás fue por eso que Aldo Moro fue expuesto en los últimos días de su vida como alguien que había perdido el norte, que se había sumido en una crisis personal que le había confundido y que hacía peligrar Italia. Esta visión del líder de la DC permitía, de algún modo, presentar su sacrificio posterior como algo menos doloroso de asumir socialmente.

Política y humanidad: el oxímoron permanente

A veces las circunstancias lo arrasan todo, como en esta historia, en la que el tsunami del secuestro y sus consecuencias rebasaron cualquier frontera personal o colectiva, traspasaron y transformaron todo: emociones, creencias y personas. Las fantasías que Bellocchio presenta en la serie a través de los ensueños o imaginaciones de los distintos personajes manifiestan la turbación interna de cada uno de ellos y son el eslabón entre lo consciente y lo inconsciente de los individuos y el colectivo.

Toni Servillo como Pablo VI.

El secuestro y asesinato de Aldo Moro fue un momento de la historia italiana en el que los demonios se pasearon como nunca antes por las conciencias y las calles sembrando la confusión y el miedo a su paso. 

La muerte de un hombre de estado, tal y como nos la cuenta Bellocchio, quizás sacrificado por los intereses de un país corrupto y con la intervención necesaria de individuos con agendas propias, nos arrebata la posibilidad de creer en líderes justos, rectos y capaces de tomar decisiones honestas en los momentos más difíciles, que es cuando son más necesarias. 

La serie nos impulsa a reflexionar sobre todo ello y nos plantea preguntas aciagas: ¿queda algún espacio para la confianza en quienes detentan el poder? ¿Podemos creer en la protección del estado? ¿Y en la buena fe de las instituciones que lo conforman? La respuesta es, como mínimo, incierta. Quizás haya que atrincherarse en la esperanza de aquella afirmación tan revolucionaria como luminosa: “solo el pueblo salva al pueblo”.

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