La cultura de la cancelación
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Cómics para ofendidos, Pulp para iniciados

La primera ola de la ahora llamada Cultura de la Cancelación contra las historietas ocurrió poco después de la Segunda Guerra, liderada por grupos ultra conservadores, religiosos e ignorantes. En las cancelaciones de los cómics de hoy hay patrones que se repiten.

En la imagen, publicada por la revista Time el 20 de diciembre de 1948, los jóvenes sonríen mientras lanzan historietas en una gran fogata. La escena sucedió en Binghamton, Nueva York, donde la escuela parroquial St. Patrick recolectó 2.000 cómics y los quemó en una pira en el patio de la escuela.

Entonces no se hablaba del concepto de política de cancelación, pero nunca, como ese año de 1948, los cómics habían sido tan criticados y percibidos como peligrosos por sectores importantes de la política estadounidense. Y esa percepción se mantendrían durante la siguiente década.

«Wertham era la voz más autorizada que proponía ‘cancelar’ a los cómics».

Dr. Frederic Wertham (1895-1981)

La persona que instigó esta campaña, quien indirectamente echó leña al fuego de esas fogatas, fue el Dr. Frederic Wertham, psiquiatra germano-estadounidense autor del libro ‘Seduction of the Innocent’ (1954), todo un éxito editorial impulsado por su premisa sensacionalista: que los cómics corrompían a la juventud y eran una de las causas principales de la delincuencia juvenil.

Esta tesis de Wertham se había gestado en su mente desde la época en la que trabajó en un hospital en Harlem, Nueva York, atendiendo a jóvenes delincuentes. La mayoría era aficionada a las historietas, así que Wertham relacionó algunas historias truculentas de los cómics con la conducta criminal de sus lectores juveniles e hizo del tema su cruzada personal.

El primer paso de esta campaña se produjo en 1948, cuando Wertham fue entrevistado por la revista Collier’s en un artículo titulado ‘Horror in the Nursery’ (Horror en la guardería). Poco tiempo después, en mayo de ese año, el psiquiatra reiteró sus críticas a los cómics en el texto ‘The Psychopathy of Comic Books’, publicado en el American Journal of Psychoteraphy. Wertham no estaba solo en esta tesis, pero era la voz más autorizada que proponía “cancelar” a los cómics.

Pequeñas mentes «criminales» en creación, según Wertham.

En ‘Seduction of the Innocent’, Wertham aseguraba que las historietas estaban llenas de insinuaciones que incitaban a los niños sexualmente. Quizás la más conocida de sus críticas fue la dirigida a los superhéroes Batman y Robin, al plantear que mantenían una relación homosexual. “Las historias al estilo Batman podían incitar a los niños hacia las fantasías homosexuales, de una forma que serían inconscientes”.

Curiosamente, aquella campaña de cancelación no afectó a DC Comics (dueña de los derechos de Batman) sino a EC Comics, la legendaria editorial de historietas propiedad de William M. Gaines, que prácticamente la condujo a la bancarrota. 

«EC Comics fue pionera del movimiento contracultural que se popularizaría en Estados Unidos en la década de 1960»

Entertaining Comics (EC Comics) se especializaba en historietas de crímenes, horror, ciencia ficción, ficción militar y sátira, siendo su título más famoso ‘Tales from the Crypt’ (que sería adaptada exitosamente como una serie por HBO entre 1989 y 1996). Eran, sin duda, cómics para adultos, herederos de la tradición de las revistas pulp de los años 30 del siglo pasado. 

Basta leer la antología ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp’ (Editorial Valdemar, 2009) para comprender los temas de horror y violencia sádica que inspiraron a muchos de las narraciones visuales de EC Comics. De todos sus títulos –como Tales from the Crypt, The Vault of Horror y Weird Science Fiction– uno destacaba por sus portadas aterradoras, Crime SuspenStories, con primeros planos de descuartizamientos, ahorcamientos y demás escenas de una violencia gráfica (y usualmente machista).

Pero también hay razones menos evidentes que explican porque EC Comics fue el centro de la campaña de cancelación por parte de Wertham y seguidores: las historietas de William M. Gaines abordaban temas sociales como la desigualdad racial, el sinsentido de la guerra, la amenaza nuclear y el ambientalismo. EC Comics fue pionera del movimiento contracultural que se popularizaría en Estados Unidos en la década de 1960.

La propagación de la histeria

¿Quién decide qué es lo correcto en un cómic? ¿Por qué algunos personajes son ‘cancelados’ y otros pasan desapercibidos al escrutinio de lo políticamente correcto? El 26 de octubre de 1948, en Spencer, pequeño pueblo del estado de West Virginia, EE.UU., un grupo de sacerdotes y maestros, junto con 600 jóvenes de la comunidad, habían organizado la primera gran quema pública de cómics, imitada pronto en otras partes del país norteño. 

Jóvenes quemando comics, EE.UU., 1948

Ese clima de histeria –el temor a la supuesta relación entre las historietas y el crimen– inspiró el libro de Ray Bradbury, ‘Farenheit 451’, publicado en 1953 y que trata de un futuro distópico en el que los libros están prohibidos. Y condujo a la creación en 1954 de un Subcomité del Senado estadounidense para investigar el auge de la delincuencia juvenil, que puso el foco en los cómics de horror y crímenes.

«Comics Magazine Association of America estableció un código para autorizar qué podía publicarse y qué no, el CCA»

Estas audiencias, que tuvieron lugar el 21 y 22 de abril de 1954, contaron con los testimonios, entre otros, del Dr. Wertham y, en defensa de los cómics, de William M. Gaines, quien recientemente había dejado de usar anfetaminas y mostró en el Senado un aspecto sudoroso y algo errático, lo que ayudó poco a la causa de las historietas.

Como resultado, la Comics Magazine Association of America estableció un código para autorizar qué podía publicarse y qué no. Fue el infame Comics Code Authority (CCA), que sería el acta de defunción de todos los cómics con las palabras “Horror” y “Weird” en sus títulos. Agobiado por la censura y en un esfuerzo para que evitar que EC Comics cerrara, Gaines concentró su foco en la revista satírica ‘Mad’ (fundada en 1952), que habría de convertirse en una de las publicaciones de mayor tiraje en Estados Unidos durante los siguientes 40 años.

Otras cancelaciones en los comics antes de la cultura de la cancelación

EC Comics no es el caso más notorio de la política de cancelación en los cómics. Ese sitio está reservado para la historieta ‘Las aventuras de Tintin’, creada por el dibujante belga Georges Remi, conocido artísticamente como Hergé. Desde su aparición en 1929, se han más de 200 millones de ejemplares de sus historias. Tintin es querido y mantiene su popularidad. Pero de un tiempo para acá su genialidad ha sido opacada por aspectos racistas percibidos en su obra.

Desde el hecho que ‘Las aventuras de Tintin’ se publicó por primera vez en Bruselas en el periódico fascista Le Vingtième Siècle hasta las infames descripciones de los habitantes del Congo en el cómic ‘Tintin au Congo’ (1931), en la que los africanos nativos son dibujados con expresiones simiescas y sostienen una actitud sumisa ante los europeos. Hergé redibujaría luego este cómic para eliminar las descripciones racistas, pero la aparente simpatía del artista con el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial (no tuvo reparo en seguir publicando en el diario Le Soir’, controlado por los alemanes durante la ocupación) lo condujo a ser incluido en una lista de traidores cuando Bélgica fue liberada en 1944.

«La cultura de cancelación también llegó a las historietas de la contracultura».

Hergé estuvo en la lista negra y se le prohibió trabajar de nuevo en cualquier periódico belga, pero pocos meses después del fin de la guerra, dos integrantes retirados de la Resistencia le ofrecieron retirar los cargos de colaboracionista si se convertía en artista exclusivo de la revista Tintin. En los años sucesivos, Hergé orientó ‘Las aventuras de Tintin’ hacia una óptica más comprensiva y respetuosa de las culturas nativas: como evidencian ‘Prisioneros del sol’ (1949), ambientada en Perú; y ‘Tintin en Tibet’ (1960), elogiada por el Dalai Lama.

Pero la mancha de ‘Tintin en el Congo’ pervivió. En 2007, ciudadano belga de origen congoleño llamado Bienvenu Mbutu Mondondo introdujo una demanda para que se retirara este cómic de circulación por ser una “apología de la colonización y del racismo”. Tras cinco años en tribunales, el Tribunal de Apelación de Bruselas desechó el caso y declaró que este cómic no era racista.

Otra leyenda del cómic bajo escrutinio es Robert Crumb, nacido en 1943 en Filadelfia, Estados Unidos. Es considerado el padre del ‘cómic underground’, con documentales centrados en su vida y elogiado por críticos como Robert Hughes. Pero, como señaló Brian Doherty en mayo de 2019 en la página Web reason.com, la cultura de cancelación también llegó a las historietas de la contracultura. 

Dibujo de Su Divinidad A. C. Bwaktivedanta por R. Crumb

Crumb es famoso por sus idiosincrasias (neurótico, depresivo, fetichista) pero hoy los que piden su “cancelación” acuden a sus dibujos de hace medio siglo, en los que figuran estereotipos antisemitas, crudas descripciones misóginas y hasta se describen escenas de incesto y violación. La Massachusetts Independent Comics Expo (MICE) removió en 2018 el nombre de Crumb de una de sus salas de exhibición.

Sucede que se suele ver a los cómics solo como entretenimiento y quizás ello ha normalizado algunas conductas de los personajes. Muchos de los títulos emblemáticos de las historietas de los años 30 al 60 del siglo pasado recurren a estereotipos, a convenciones sociales, a las conductas en boga. Y su fuerza cultural era colosal: según el libro ‘The Ten-Cent Plague: The Great Comic-Book Scare and How It Changed America’, escrito por David Hajdu, en 1952 había en Estados Unidos más de 20 sellos editoriales que publicaban alrededor de 650 títulos diferentes cada mes. Y se vendían de 80 a 100 millones de cómics cada semana.

Muchos personajes populares de los cómics surgieron como respuesta a lo que estaba de moda, en un intento de las editoriales por permanecer relevantes. El Mandarín es uno de los villanos más populares de Iron Man, pero reúne en sí todos los estereotipos asiáticos que plagaban el subgénero de la ‘yellow menace’ (amenaza amarilla) de las revistas pulp de la década de 1930. 

Incluso una leyenda de los cómics, como Will Eisner (1917-2005), es hoy criticado por el personaje afroamericano de Ebony White, mano derecha del héroe The Spirit, a quien ayudó a resolver muchos casos gracias a su aguda inteligencia, pero cuyo aspecto reúne todos los estereotipos racistas que los blancos estadounidenses otorgaban a los negros en el vaudeville y las películas de los años 30 del siglo pasado.

La lista de superheroes que hoy están bajo asedio incluyen, por mencionar solo algunos de los ejemplos más hilarantes: el Antiguo, el mentor de Doctor Strange, por ser un místico asiático que entrena a un hombre blanco para ser héroe; Big Bertha, una delgada súper modelo cuyo poder consiste en transformarse en una mujer con obesidad mórbida con súper fuerza; Armless Tiger Man, villano de los cómics de Captain América, cuyo rasgo principal es que perdió los brazos en su accidente y ahora quiere acabar con todas las máquinas, a las que culpa de la amputación de sus miembros; Gin Genie, una mutante capaz de crear ondas sísmicas cuando alcanza niveles de alcohol en su sangre; Codepiece, de la saga Doom Patrol, a quien el rechazo de las mujeres lo convirtió en villano y ahora porta un gran cañon en su ingle, como sinónimo de una erección perenne y letal.

Horror, miedo, fantasía, sexo, todos ellos granos que van al molino del comic, donde muelen el producto para los jóvenes lectores (aviso de 1954)

Hay mucho de humor en estos personajes, así como de insensibilidad. Y algunos personajes han sobrevivido inmutables a los cambios sociales. The Punisher fue la respuesta de Marvel al aumento de la criminalidad en las grandes ciudades de Estados Unidos en los 1970s, así como en el descrédito de la autoridad tras el escándalo Watergate. Un antihéroe, que tomaba la ley en su mano, conectó con el público, pese a que su moralidad sea puesta en duda.

El contexto lo es todo. Muchos cómics hoy cuestionados son fruto de su tiempo y quizás ameriten una etiqueta que sitúe al lector sobre lo que verá al abrir sus páginas. Pero lanzarlos a la hoguera de la cancelación no solo resulta inútil; condena al olvido a una buena parte de la historia de las historietas.

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