(The Joker) Cuando también amas al monstruo

El Joker es un villano complejo, paranoico,  amoral y aunque al mismo tiempo es capaz de delatar la inconsistencia de los discursos del poder, lo hace sin objetivo alguno, sin miedo al rechazo, sin pena ni gloria, porque nada tiene sentido, ni siquiera su autodesprecio. Esto es lo que olvidan algunos de los que se identifican con él.

Es casi un lugar común decir que el Joker es un villano diferente, y que su carisma lo sitúa varios escalones por encima de otros antagonistas más poderosos, más inteligentes o incluso con un contenido ideológico más explícito. Las implicancias políticas de un personaje tan versátil no se dejan ver a simple vista, y hoy parece más sencillo simplificarlo que profundizar en su complejidad, de hecho, basta pegar una frase de Tyler Durden en IMPACT en una foto de Heath Ledger para viralizar el mensaje equivocado entre personas con problemas de comprensión lectora y una autoestima vulnerada.

Vivimos en una cultura del bling bling, que impone la ostentación como el logro definitivo, y en esto caben las fotos de tus viajes, tus bienes materiales o tu cantidad de suscriptores. Es importante tener esto en cuenta si queremos comprender por qué este villano genera simpatía entre diversos grupos, algunos de ellos unidos por la frustración económica, emocional o sexual.

«Joker cuestiona constantemente nuestros conceptos de la legalidad y la cordura»

El Joker, tanto en su versión de bufón como en su variante marginal, nos enrostra de manera sutil pero consistente, la hipocresía del discurso del poder, de la ideología, en términos de Marx. Y el discurso del poder, dentro y fuera del cómic, es el del respeto a la ley, emanada de una autoridad que fluye siempre por zonas más grises u oscuras que una urna electoral. A la manera de Kurtz o el señor Hyde, el comportamiento del Joker cuestiona constantemente nuestros conceptos de la legalidad y la cordura,  es decir, del orden social y mental.

Se puede decir mucho sobre el personaje a partir de sus historias más emblemáticas y como la mayoría de frikis está recurriendo a The Killing Joke (1988) para ilustrar sus teorías (como yo en este video), en esta ocasión prefiero recordar algunos elementos aparecidos en Batman: The Man Who Laughs, cómic publicado en 2005, escrito por Ed Brubaker, dibujado por Doug Mahnke y que actualiza la historia de la primera aparición del personaje, tomando en cuenta también lo narrado en la clásica historia de Alan Moore.

El argumento es sencillo, trata sobre la manera en que Batman y Jim Gordon intentan detener a un nuevo y extraño criminal, quien por televisión amenaza a ciertos magnates de Gotham, pronosticando su muerte a determinada hora. Como era esperable, con el asesinato del primero de estos ricachones cunde el pánico y el caos por toda la ciudad, impidiendo que la policía se haga cargo de tantos frentes a la vez.

Mientras, los héroes descubren que es altamente probable que el Joker sea el Red Hood que cayó al ácido en la planta química Blake Schneider y Earl, y que además ha desarrollado la fórmula para matar a cualquiera transformándolo en una copia de sí mismo, es decir, con piel blanca, pelo verde y una deformada sonrisa. Además de ello, encuentran un mensaje en la celda del manicomio que nos confirma una de las interpretaciones posibles de los sucesos de The Killing Joke: el Joker asume que es una víctima de las circunstancias, por tanto si su locura es producto de un mal día, que le puede ocurrir a cualquiera, entonces la libertad y la importancia que damos a nuestras decisiones personales sólo serían una mala broma, un discurso carente de sentido, que nos conforta y nos hace creer que escribimos nuestro destino de manera consciente.

Uno a uno oirán mi llamada y esta horrorosa ciudad seguirá mi caída” podría ser parte del manifiesto de cualquier psicópata con delirios de grandeza. Pero el Joker es bastante más complejo que un niño rabioso con acceso a comprar armas en un supermercado. En este caso su plan es envenenar el agua potable de toda la ciudad y asesinar a millones de personas de una sola vez.

“Muere siendo un héroe o vive lo suficiente como para convertirte en un villano”

Al dejar pistas suficientes como para que den con él, es factible suponer que el villano desea que el héroe tenga oportunidad de detenerlo, eso sí, rompiendo su código en el camino. El Joker necesita demostrar que Batman no es diferente a él, ya que dentro de su locura comprende que una moral excesivamente rígida, como la del Caballero Oscuro, sólo puede llevar a una caída en las tinieblas de la locura y del crimen. A lo lejos les sonará aquello de “muere siendo un héroe o vive lo suficiente como para convertirte en un villano”. Bruce Wayne ya no es solamente un ser humano, ha permitido que ese super-yo que cree distinguir perfectamente el bien del mal, lo consuma, y en el plano simbólico ha pasado a encarnar ese “gran Otro” en términos de Lacan, and so on…

Y frente a este monumento a la supuesta rectitud, a esta encarnación de la represión, el Joker se permite una sonrisa, porque no es sólo un agente del caos social, asunto que explotó bastante la versión de Nolan, olvidando el otro aspecto y casi más importante: el Joker está realmente loco, y por tanto es capaz de pensar el mundo desde afuera, de percibir con mayor facilidad los discursos que tenemos naturalizados y encontrar sus inconsistencias, en ocasiones las señala y otras las pasa por alto, asunto que lo hace moralmente tan impredecible.

Entonces, volviendo a la fascinación que este personaje genera en ciertos grupos, en los que a pesar de sus discursos agresivos, lo que abunda en ellos es el miedo: el miedo a pasar por el mundo sin pena ni gloria, el miedo a ser por siempre inadaptados, el miedo a fracasar, el miedo al contacto, el miedo al apego, el miedo el rechazo, en fin, les atrae porque, hecho pedazos en las fauces de la locura, el Joker puede reírse del miedo, en su propia máscara.

 

The Joker, la evolución hacia el caos

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