Ruta 66, el tajo de USA
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Ruta 66: Diario de viaje II

Montes-Bradley deja atrás la primera parte de la Ruta 66 para adentrarse en el tajo de asfalto que cortó tradiciones y legados, una modernidad atravesada de injusticias…  All the way to Santa Mónica.


Gente Roja

Más allá, la inundación, el desierto, peyote. Oklahoma es un nombre que tiene su raíz en dos vocablos Choctaw: “gente-roja”. La adopción del término remite a la conquista, a la guerra contra los que estaban antes, que usurparon los dominios de quienes le precedieron. Los pueblos originarios no existen, no hay un origen, solo devenir. Oklahoma también huele a guerra con México, a caballeros españoles, aventureros franceses y al Séptimo de Caballería. La Ruta 66 atraviesa infinitas fronteras antes de llegar a El Reno, un lugar que pareciera resumir todas las viñetas posibles.

Mural de la historia de la conquista del desierto

¡Extra, Extra! (otra vez sopa)

El radio insiste, yo me dejo. Al parecer Donald Trump la tiene cruda. Las noticias hablan de traiciones, corrupción, fiscales al acecho, trumpistas vociferando que los diarios mienten (creo haber escuchado ese Clarín en otra parte), que no es cierto que hubiera prueba en video de las hazañas sexuales del magnate en algún hotel de Moscú, que los marxistas han infiltrado al Partido Demócrata, que los inmigrantes indocumentados son razón de todo flagelo, del fin del sueño americano. Dicen los que hablan por radio que los mexicas se vienen a por todo, cruzan la frontera con drogas y sed de rubias.

«…las evidencias sugieren que los que están siendo castigados son ellos. Hay silencio»

Cambio de estación: Al parecer las tarifas aduaneras con las que Trump busca a China acabaran por dejar en la calle a varios miles pescadores en el estado de Maine. Parece que al hombre no le sale nada bien.

Fort Reno:

La última batalla de los soldados de Hitler y Mussolini

Un desvío me llevó a las puertas del Fuerte Reno, un regimiento que recuerda la estética de Campo de Mayo o La Tablada, o de cualquier regimiento que se precie de parecerse a sí mismo. Una sucesión de edificios y espacios descubiertos hablan de un tiempo anterior al misil y los drones. Huele a bosta. Aquí se les dio de comer a sesenta mil caballos durante la guerra contra el indio. Tal vez, si le hubieran dado de comer a los indios… Aquí se buscó apaciguar a los Cheyennes y Arapahos que una vez doblegados, pasaron a integrar ese nuevo estado de la unión al que hoy llamamos Oklahoma. Del esfuerzo participaron soldados afroamericanos a los que se conoce como “Buffalo Soldiers” (ver Bob Marley 101). Los soldados negros buscaban evadir el apartheid que reemplazó a la esclavitud en los estados del sur, también el maltrato. Sin embargo, su presencia sirvió para que los blanquitos consolidaran el apartheid y el maltrato a los pieles rojas, a quienes no se puede llamar “pieles rojas” porque resulta políticamente incorrecto.

Fort Reno: escuela asimilación para indios doblegados del S. XIX

Wendy Ogden, directora del museo en Fuerte Reno, y miembro de la nación Cheyenne, me cuenta que aquí vinieron a dar prisioneros de guerra italianos y alemanes capturados durante el avance de las tropas norteamericanas en la Segunda Guerra mundial. El cementerio del fuerte da cuenta del paso de aquellos prisioneros por este lugar inhóspito, árido, distante. Cada sepultura con la bandera de su país. En la entrada del camposanto hay un libro de visitas con muy pocas firmas. “Por acá viene poca gente”, asegura Wendy. Sigo leyendo y doy con el nombre de un visitante que alguna vez dejó su impronta: “Viva Perón”. Las primeras veces no existen, siempre hay algún perejil que te roba la distinción y deja su marca.

Prisioneros de la Segunda Guerra enterrados en Fort Reno

NdA: Duermo en el cuartel, sueño con caballos y con el general Custer liderando una carga de caballería contra Cheyenes.

Territorio Navajo

Vote por Arbin Mitchell para concejal

Hacia el mediodía del día siguiente llego a la frontera con Arizona, atrás queda el viejo Nuevo México. Esto es territorio Navajo, pobre. La reserva es inmensa y está rodeada por una alambrada que se pierde entre los caminos y en las quebradas. Algunos blancos dicen que las alambradas están para para que los indios no salgan, muchos indios aseguran que están para que los blancos no entren. Acá se come cordero con mucha grasa, carne de animales crecidos en la ladera precordillerana. Por Sierra Madre también corren tiempos pre-electorales.

Nevey y Jimmy

Los candidatos que se disputan el queso de la reserva son Arbin Mitchell y Dusty Lee . Quien fuera que gane debería darle una mano a Jimmy, pastor del rancho-iglesia de adobe donde recobré el aliento y un cierto tiempo interior que me recuerda a otras visitas precordilleranas en México, también en Bolivia. Aquí el tiempo se toma su ídem. A esta iglesia concurren una veintena de niños para matar el hambre a diario. Silbo: Deus dará, deus dará, y si deus nos da o nega. A cambio de la vianda el pasto Jimmy le pide a los niños que lean la biblia en el idioma de sus ancestros. Retrato a Jimmy junto a Nevey, su mujer. Nevey tiene problemas para entender que no soy Cristiano, que no creo en su dios. Jimmy y Nevey dicen que su dios terminará castigando mi falta de fe y yo les digo que las evidencias sugieren que los que están siendo castigados son ellos. Hay silencio.

Jimmy y Nevey hablan Navajo entre ellos, para mi reservan el idioma de los usurpadores y algunos gestos de esos que no pasan inadvertidos en “Danzas con lobos”. Tienen nueve hijos y aseguran que lo que las tropas federales no pudieron arrebatarles, acabará quitándoselos Apple y Facebook. – “Hasta mi generación pudimos conservar algo, el idioma, por ejemplo, aunque las comidas se perdieron y otras tradiciones se perdieron hace mucho. Hoy los niños están enchufados al teléfono y no quieren saber del pasado. Son pocos los que se entusiasman con la idea”.

Jimmy me pregunta qué llevo en la mochila y le cuento que llevo un dron para hacer tomas del desierto. Su enorme sonrisa invita a que salgamos al descampado para un vuelo de bautismo. Hago los preparativos, sincronizo máquina diabólica con satélite. Finalmente el dron está en el aire, a una altura aproximada de sesenta metros. Me hubiera gustado sacarle una foto a Jimmy y Nevey con esa entrañable cara de juguete nuevo, pero estábamos muy ocupados monitoreando el atardecer que registraba el dron. De repente, lo impensable: se escucha una explosión y el dron desaparece de un plumazo. Quedamos en silencio, como los chicos a los que le acaban de pinchar la pelota. A la distancia se escucha el grito del hombre con su escopeta: Fuck your drone! – “La gente de por acá cree que solo dios los puede mirar desde arriba”, dijo Jimmy.

Cazador navajo

Lo que sigue es una serie de encuentros fortuitos. Un cazador Navajo, fan de Heavy Metal que me pide que lo retrate con su camiseta de AC/DC. Gary, jubilado y sordo, que a los sesenta y ocho emprendió el viaje de Nueva York a California para reencontrarse con su hijo; Rasha,una refugiada siria que tras mucho deambular asegura que el viaje no termina hasta que no ponga sus plantas en el Pacífico. La Ruta 66 es como el Camino de Santiago, creo haberlo dicho. En estos pueblos hay un poco de todo, quizás eso sea lo que algunos quieren decir cuando hablan de una incierta Norteamérica profunda que desconozco, de ese otro país que trasciende la postal. Quizá por eso mismo no valga la pena detenernos en el Gran Cañon del Colorado sobre el que ya se ha escrito demasiado, o sobre el desierto de Mohave sobre el que no se ha escrito tanto, pero da igual. Por el espejo retrovisor desaparece Las Vegas, no el de los casinos y grandes hoteles, sino el otro en Nuevo México que tiene el mismo nombre y donde comí las mejores enchiladas de mi vida. A este Las Vegas se llega por senderos de tierra plagados de antílopes, poblados por correcaminos y coyotes, y por liebres del tamaño de un ovejero alemán.

Gary

Al final de la travesía me espera el muelle de Santa Mónica, una estructura de madera que alberga un parque de diversiones y que se sirve de consuelo a pescadores, focas y pelícanos. Sobre el muelle, una señal de llegada que propone un fin al viaje, y una legión de desahuciados que, habiendo llegado, piden ayuda para continuar el viaje, aquel otro viaje que no termina nunca.

Ruta 66: Diario de viaje I

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