Reggaeton, machismo y la hipocresía (hipster)

El premio Nobel Octavio Paz ya hablaba de «guerra de generaciones» en la historia del arte moderno, un proceso similar al de ciertos sectores de la música masiva. Hoy sumamos reggaeton y machismo a eso, donde la hipocresía snobde hoy (hipster) juega con su doble rasero.

La guerra generacional es una constante en la historia de la humanidad y en el arte moderno siempre ha estado presente. A veces esta guerra generacional, como ocurre en este preciso momento de crispación por absolutamente cualquier hecho o Tweet, deviene en directa guerra cultural. 

«Los más gafapastas y hipsters del lugar los odiaban con pasión, y hacían además de ello una de sus banderas»

Uno de mis primeros recuerdos de “niño consciente” es el de mis padres rememorando, con amigos suyos, la manía que los amantes del rock y del folk le pillaron a la exitosa música disco a finales de los años setenta, a la que despectivamente llamaban “música chicle”. También recuerdo, por aquel tiempo, a mis primos mayores quejándose de cómo la laca festiva de bandas como Europe o Bon Jovi había sido arrasada de repente por la sencillez brutal y depresiva del “grunge”.

En lo musical puede que estemos, con sus cosas buenas y sus cosas malas, en uno de esos momentos de ruptura total y radical. Cuán importante sea esta ruptura y qué eco tendrá cuando se desinfle sólo lo podrá decir el tiempo y la criba histórica que la analizará y juzgará a la distancia, pero lo cierto es que muchas voces expertas, como Hannah Ewens o Jay de Bad Religion, afirman ya que estamos ante otro rock u otro punk, ante una nueva forma de ver la música. Los nuevos y viejos “guays” llevan años cargándose las guitarras y las baterías para ensalsar a quienes hacen sus temas con su ordenador desde su cuarto o desde su estudio.

Hannah Ewens

Las fronteras entre música urbana, reggaeton y trap son, en España y en muchos países sudamericanos, muy difusas. No son los mismos estilos pero se complementan y fusionan de una forma tan constante que parte del gran público todavía les llama a todos ellos, simplemente, “reggaeton” (o a veces “trap”).

Estos géneros, que actualmente triunfan en las listas y en los locales masivos son, a la vez y paradójicamente, de los géneros más odiados hoy en día. 

La cosa es que hace muy pocos años este desprecio era aún mayor, porque eran (lo que no deja de ser irónico visto el panorama de este preciso momento) estilos condenados por la gente más “cool” de todos los círculos snob. Los más gafapastas y hipsters del lugar los odiaban con pasión, y hacían además de ello una de sus banderas. El reggaeton era algo que se bailaba (si eso) con mucho alcohol en vena o con mucha droga en la nariz cuando no quedaba más remedio y con bastante vergüenza y asco. En una boda, en una verbena o en algún desafortunado cumpleaños. El trap era por otra parte la nueva e infame mutación de este reggaeton: una cosa infecta de poligoneros mamarrachos e incultos que no sabían vocalizar sin una máquina que les tunease la voz.

«Las generaciones que habían crecido bailando reggaeton… lo aceptaron desde el principio como algo normal»

Pero las modas son pendulares y he aquí que, casi por sorpresa, el péndulo se desbocó y casi, valga la redundancia, se descoyuntó. Terminaron de arrasar las fábricas de ego desbocado de Instagram, de Twitter y de Tik Tok, llegó una de las guerras culturales más polarizadas de la historia de España (y de muchas otras partes del mundo) y las generaciones que habían crecido bailando reggaeton hasta en la fiesta de fin de curso del colegio empezaron a ir de bares y de festivales y lo aceptaron desde el principio como algo normal (o una parte importante de estas generaciones por lo menos).

De repente, estos denigrados estilos eran cool. De repente, toda aquella persona que no quería dejar de ser cool y ser llamada “vieja” (una de las peores condenas sociales de hoy) tenía no sólo que aceptarlos, sino adorarlos. A los políticos de todo signo les venían bien además para sus empanadas ideológicas irracionales y a las empresas les viene siempre bien todo aquello que haga dinero. La era de la música urbana llegó casi por sorpresa, por la puerta de atrás, pero a golpe de bombo y platillo.

Y con la era de la música urbana llegó también uno de los momentos más desconcertantes en el panorama musical español.

Young Beef

Porque con este cambio de paradigma cambiaron también, y de forma radical, muchas cosas que iban más allá de lo meramente musical. Los cantautores apenados y los “indies” cínicos con gafas de pasta dejaron de ser una mayoría aplastante. Y llegaron para arrasar y para quedarse hasta nueva orden los chuloputas impostados y las chungas de diseño.

Surgió una nueva caterva de artistas que, de repente, se comportaba de una forma estudiadamente “retro”, pero del “retro” de la naftalina. Ahora tocaba ser un “kinki” de los ochenta y había que tratar de parecer muy malote y de usar el lenguaje más explícito posible, amén de meter referencias de la cultura popular a lo bestia como un Lorca de baratillo o de imitar un acento de corte andaluz forzado (el acento andaluz, ese comodín -PD. Soy andaluz-). Las letras acompañaron y, mirando de cara al peor reggaeton comercial, llegaron al éxito auténticas regresiones sociales en forma de canción.

«El porcentaje de machismo o de neoliberalismo en el reggaeton, el trap o la música urbana parece más grande…»

Todo esto trajo, en plena era del Me Too, una perturbadora aceptación del machismo más rampante y de la caspa más retrógrada. Por supuesto, ocurrió  además como sólo podía ocurrir en el mundo del blanco y del negro, del “conmigo o contra mí” contemporáneo: por los caminos del doble rasero.

En esta época de pánico moral, de inquisidores de red social de todo pelaje, de radicalismo y de bronca por prácticamente todo, se colaron de repente, y en lo más alto además, artistas que cantaban canciones con concepciones del sexo y del amor que nada tenían que envidiar a las del más infecto cantante de cassette de gasolinera de los años ochenta.

Si bien no toda la música urbana es catalogable en estos carriles (por ejemplo, Yung Beef no tiene nada que ver con C. Tangana y Bad Gyal no va en la misma línea de Rosalía), la más comercial, la más masiva, sí se mueve en ellos.

El Fary y su portada para la revista erótica Inteviú de 1983

De repente, teníamos a gente de veintitantos o de treintaypocos años hablando de relaciones personales en unos términos tan tóxicos y puretas que nos retrotraían a letras de hacía cuarenta años (o más). De repente, teníamos a divos cavernícolas presumiendo de ser fieras en la cama, como el Fary de su momento de gloria, o comportándose como auténticos machirulos de manual que además, cual remakes de Jesús Gil, exhibían sus riquezas y su “conciencia de clase superior” en abiertas apologías del peor neliberalismo .

Difícil encaje tenía esto en una sociedad en la que ya se revisaba todo con lupa, en la que se condenaban a humoristas por chistes de hacía veinte años y en la que se había llegado a algo tan rocambolesco como debatir la cancelación de Aristóteles porque fue un defensor de la esclavitud en la Grecia Antigua.

Single de 1983

¿Qué ocurrió finalmente? Pues que el molar pudo más. La industria ganó otra vez. La canción “Every Breath You Take” (1983) de The Police, con aquella letra siniestra, era monstruosa, pero un tema abiertamente misógino escrito en pleno 2021 era algo tolerable con mil excusas de toda índole. La misma actitud en Bertín Osborne y en C. Tangana era deplorable o genial. Leticia Sabater era casposa pero Rosalía era una visionaria. Edadismo del bueno, además, implícito: no era lo mismo ser machista o neoliberal con veinte o treinta años que serlo con cincuenta o sesenta.

A todo esto hubo que sumar otro hecho: la pátina de supuesta dignidad que, por intereses políticos, se le dio de repente a estos estilos. La vimos en todos los bandos (con sus correspondientes críticas desde dentro): en ámbitos de la izquierda que los ensalzó como la banda sonora de las clases más desfavorecidas,  por ejemplo, el mismo Víctor Lenore (como si un ricachón de juerga en un yate u otra ricachona que presume de las marcas caras que viste representasen el día a día de la gente que malvive de trabajos asquerosos) y en ámbitos del neoliberalismo que los celebró para fastidiar al movimiento feminista o a la propia izquierda.

Rosalía en zapatillas Versace JLO

Interesante caldo revuelto el de esta época.

No todo es así en la música urbana y en los otros dos géneros, insisto de todas formas. Hay artistas que experimentan musicalmente y que hablan de pobreza, de drogas, de depresión, de violencia, de libertad sexual, de empoderamiento o de temas espirituales diversos.

No obstante, me estoy centrando en lo más comercial, como ya he dicho, y lo más comercial de estos estilos, que es lo que más llega y lo que llega a más gente, me resulta una auténtica regresión social espolvoreada de caspa y de actitudes que parecen sacadas de los tiempos de mis abuelos.

Con todo, en estos estilos prima mucho, muchísimo, una repetición machacona de unos mismos parámetros y recursos sonoros que llegan a ser cansinos porque no innovan nada y porque llevan más de diez años de moda y siendo manoseados hasta el puro desgaste. No hay músicas mejores ni peores que otras, pero sí hay abusos de algunas de ellas que las acaban convirtiendo en algo sin ningún aliciente, aburrido y finalmente aborrecible.

Hay un elemento más, finalmente, que entra en el asunto de la defensa de estos estilos: el mantra sesgado de que en todos los géneros hay letras machistas, que vale para salir airoso de cualquier crítica que se les haga y pasar automáticamente a otra cosa. 

«En este tipo de eras lo que prima el discurso adaptable y el relato tachonado y vuelto a tachonar»

Y es cierto. En el rock las hay… y en el pop y en el metal y en el hip-hop. No obstante, estos tipos de música que he mencionado, por poner ejemplos gruesos, tienen décadas de existencia y millones de artistas y bandas en sus filas y, por supuesto, canciones que han hablado de problemas sociales de todo tipo, de sentimientos desoladores, de adicciones, de feminismo o del lado oscuro de la fama. 

Que hasta los mismos The Beatles o los mismos The Rolling Stones escribieron letras machistas, clasistas o de exaltación de la cultura del dinero es una verdad, pero también es otra que el porcentaje de machismo o de neoliberalismo en el reggaeton, el trap o la música urbana parece más grande, es plenamente contemporáneo y está además reconcentrado en menos tiempo.

Que The Police grabasen ese tema espeluznante en 1983 no es, insisto, comparable a que un trapero grabe hoy un tema misógino, en 2022, con todos los avances sociales que por suerte hemos experimentado. 

Que una canción fuese machista en los años sesenta, setenta u ochenta es indignante pero hasta cierto punto comprensible en su contexto. Que lo sea hoy es mucho más grave y este mero hecho desmonta el argumento demagogo y simplista de “todas las músicas son machistas”.

Estamos en la era de la posverdad, de la mentira emotiva, de las tripas por encima del raciocino y de “el Rey está desnudo pero en realidad no lo está porque sigue llevado la corona”, y en este tipo de eras lo que prima el discurso adaptable y el relato tachonado y vuelto a tachonar, y la confluencia de una guerra cultural atroz con una obsesión insana por la juventud y el triunfo social y monetario ha creado una de las paradojas más locas y a la vez estremecedoras de las últimas décadas.

El tolerar con subterfugios el machismo de un trapero de treinta años y condenar a un rockero de sesenta por algo machista que escribió cuando él era joven en un tiempo mucho más oscuro en lo social que el actual se ha convertido en la norma de una época en la que ha ganado lo hipócrita, lo comercial, lo falsete, lo disfrazado y lo autotuneado, además por goleada.

C. Tangana

Pero la industria de la música es una de las más cambiantes y despiadadas. Dentro de unos años tal vez vuelva a estar de moda todo lo contrario de lo que está ahora (de hecho, esto ha pasado mil veces ya): el volver a ser un frívolo y el volver a pasar de todo (y a presumir de ello y a dar lecciones de desencanto a quién sí sea activista o esté preocupado por los problemas del mundo). 

O tal vez haya un revival del rock clásico o del “grunge” y de repente a la música urbana le toque ser la denigrada y a sus artistas les toque ser “viejos” y “carcas” aunque tengan menos de cuarenta años y toda la carrera todavía por delante.

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