Ready Player One, la nostalgia al acecho

Ready Player One (RPO), la novela, proyecta el futuro de una humanidad alienada por la realidad digital donde, como hoy, domina el precio por sobre el valor de las cosas. Esta novela es una «utopía anarcocapitalista» que juega con nuestra nostalgia.

No es novedad la explotación de la cultura pop de los ochentas por parte de la industria cultural. El mercado puede tomar la tecnología actual, esa que usan los milenials con envidiable fluidez, para hacer el remake de tu memoria, reordenándola, moldeándola como hace con tus gustos y deseos, haciéndote jugar Pitfal o Monktezuma, ahora en 3D, con Dolby Surround, en primera persona, con inmersión total, tocino en polvo, crema chantilly, con las papas fritas y refresco gigante por unos cuantos pesos, dólares, dragmas, euros… lo que sea. Y, por supuesto, la literatura no podía quedar fuera de este bazar contra el olvido.

«…nos ofrece una nueva versión del “desierto de lo real”…»

RPO (2011) es en sí misma una avalancha de referencias para satisfacer a ese adulto que ya se arrepintió de haber deseado ser grande y que pagaría (y paga, de hecho) por salir de este mundo lleno de estímulos, que no alcanza a procesar antes de que pasen de moda, y volver a sentir el asombro de un niño frente al DeLorean de la nostalgia.

Esto no quiere decir que la novela sea mala. Es una novela liviana, y que se regodea en esa liviandad sin mayores complejos, por ello resulta entretenida y uno perdona inconsistencias en la trama, o la frivolidad con que algunos temas son apenas rozados. Pero esa frivolidad no es casual, pues de esta manera nos ofrece una nueva versión del “desierto de lo real”,  no precisamente porque el mundo real dentro de la novela sea un páramo de miseria y casas rodantes, un escenario rococó de óxido, cables y sueños rotos. El desierto está en la estructura moral de su protagonista.

La novela ofrece una buena representación de un chico occidental, que ha crecido y se ha formado dentro del capitalismo tardío: sin sentido de comunidad, con un apego sin culpa a lo material como fuente de gratificación sustitutoria, inmerso en la búsqueda compulsiva del éxito o la fama (indistinguibles uno de la otra) y cautivado por el disfrute irreflexivo de una aparente libertad. Una libertad, como la nuestra, pixelada y en baja resolución.

Al contrario de lo que algunos pudieran pensar, esta no es una historia distópica a la manera de los Juegos del Hambre o Divergente por mencionar otras novelas recientes, comerciales y dirigidas al público juvenil. RPO es una utopía del anarcocapitalismo, edulcorando el cyberpunk con la avalancha de referencias ochenteras como estrategia de enganche, de venta en definitiva.

A diferencia del héroe romántico que busca la verdad, intentando huir de las fórmulas preestablecidas, tratando de oponer, agónicamente, un yo autónomo contra las normas universales del cientificismo, Parzival es un personaje que quiere el grial de la mentira, subjetiva y solitaria en un comienzo, como lo dicta su naturaleza individualista, como un personaje de Neuromante o El Lobo de Wallstreet, pero bailable y para toda la familia.

«Todo esto es narrado (…) como un pequeño sacrificio para mantener vivo el fuego fatuo del Oasis»

Parzival habita un mundo en el que han caído los grandes sistemas ideológicos que dominaron el siglo XX, y en el que asuntos como la injusticia y la desigualdad parecen estar exagerados para un ciudadano del primer mundo (público objetivo de la obra), pero que resultan más que normales a los consumidores de países en vías de desarrollo. El mundo real parece una gran favela, mientras el Oasis es tan chillón, luminoso y vacío, como un disco de Oasis.


La depredación acelerada del ecosistema ha continuado, pero ello no ha detenido el crecimiento de la población y la pauperización de la calidad de vida de esa masa de individuos que compone y mantiene en movimiento la explotación del planeta y la suya propia. La empresa/corporación se erige como un poder totalitario y el triunfo de la globalización está encarnado en esa nube de fantasía a la que todos tienen un acceso potencial y de la que pueden obtener, potencialmente, todos los frutos que su mercado autorregulado pueda dar: infinitos productos inútiles, para una infinidad de necesidades inventadas. Sin embargo, todo esto es narrado como una anécdota lateral, como un pequeño sacrificio para mantener vivo el fuego fatuo del Oasis.

En ambos mundos las cosas ha perdido su valor y sólo conservan su precio. Para pagar ese precio, es decir, para consumir, debes producir porque la rueda del consumo no puede detenerse, eso sería una blasfemia que, como varias otras, RPO y su protagonista no se atreve o no le interesa pronunciar.

Bago Games

El sueño de Parzival es nuestra pesadilla.

El videojuego canonizado como arte y literatura

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