Putin Vs. Trump: la Guerra Fría será televisada

Las conspiraciones y la geopolítica han evolucionado hacia el absurdo de «nueva» Guerra Fría protagonizada por Putin y Trump, donde las series de televisión parecen expresar una política internacional más verosímil y casi racional.

El fin de la Guerra Fría fue un mal negocio para las productoras de series en todo el mundo, héroes y villanos al paro. En auxilio de los guionistas, in extremis, llegaron los terroristas y narcos, malos de los buenos si los hay. Pero ahora desde que los dos compañeros de banco en el aula planetaria han decidido engañarnos simulando batallitas con excelentes ganancias compartidas, la oferta “tenga un ruso en su pantalla favorita” se disparó.

En 1945 se reinventan las esperanzas de redención de la humanidad a través del credo neo humanista de la social democracia. Mientras, bajo el desarrollo del estado de bienestar eurocéntrico, se dirime el enfrentamiento entre Norteamérica y Rusia: La Guerra Fría. Dr. Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb, la película de 1964 dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Peter Sellers, en tono de parodia desenfrenada desnudó los enfrentamientos militares y políticos que mantuvieron las dos potencias tras la SGM. Bien podrían haber provocado el fin del mundo, un “daño colateral” diría el último soldado zombi antes de ser condecorado, ¿por quién, si no quedó nadie?

«…Trump, el superhéroe del casco dorado y Putin, el coloso deportista rapado».

Según Hobsbawm la revolución cultural europea a partir de la segunda mitad del siglo XX debe entenderse como el triunfo del individuo sobre la sociedad, quizás por eso los vientos de insurrección juvenil de los 60 amainaron pronto y la lucha por tener la ojiva nuclear que meara más lejos monopolizó las pantallas. Con los rubios agentes secretos de ambos bandos, se producían películas y series no mucho más que irónicas y eróticas (Desde James Bond a Los Vengadores, pasando por el Superagente 86) mientras los guiones ambientados en el Tercer Mundo permitían dramatizaciones (¿sensibilizadoras?) de violaciones y torturas que revelaban, con mercenarios cirróticos y militares sádicos, el verdadero rostro de la Guerra Fría fuera de Europa (Estado de sitio, La batalla de Argel, Los gansos salvajes).

Peter Sellers en Dr. Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb.

Cuando a finales de los años 80 la Thatcher y Reagan, aprovechando que Bowie estaba distraído en Berlín, compran la franquicia del socialismo real por unas pocas botellas de vodka, el negocio, para algunos, se vino abajo. Esa mala costumbre de construir ideas más o menos organizadas fue reemplazada por misceláneas costumbristas. El cine y la televisión, ante este nuevo horizonte social, deambularon a los tumbos, hasta que llegó el dúo dinámico: Trump, el superhéroe del casco dorado y Putin, el coloso deportista rapado. Y, vaya paradoja, coincidieron con la coronación del formato serie. El salvajismo eslavo, la justificación de la tortura, las secuelas postraumáticas, los venenos volátiles y un renovado kit de recursos, salvaron la paga mensual de los equipos de guionistas.

«El primer mundo se cae a pedazos, el tercero sigue en cuarentena…»

Podríamos ubicar en la pole position a series como Okkupert, House of cards o Borgen. No entraría de lleno en esta primera línea Homeland porque Medio Oriente marcó su dramaturgia desde las primeras temporadas. ¿Un lugar especial para Manhattan (2014)? Recreación histórica de la carrera por lograr construir la primera bomba atómica antes que los soviéticos, pero la trama se centra en los egos yanquis, y los rusos se quedan en el banquillo de los suplentes. El fin del ciclo de The Americans nos sumió en la desesperación. De inmediato calmaron el síndrome de abstinencia, series como The same sky, Deustsch, Traitors, Project blue book, The Enemy Within… y no termina la lista. Algunas remixan los alienígenas y abducciones de los X-Files con ritmo de kazachok trap. Otras como House of cards proyectan un holograma de “V” Putin que se llama “V” Petrov, interpretado por el galán maduro danés Lars Mikkelsen. Tal vez los rusos no sólo financiaron espionaje informático para Trump, también le compraron un Putin modelo Barby-Ken.

Trump y Putin son como máquinas inteligentes que se auto reproducen cooperativamente, (¿inteligencia artificial?), dentro del plató de una nueva Guerra Fría, mero montaje comercial posmoderno. Por lo tanto falto de épica y en un campo de batalla muy diferente al anterior. El primer mundo se cae a pedazos, el tercero sigue en cuarentena y ha nacido una nueva estrella de la ignominia, el cuarto mundo. Por los años setenta Gil Scott-Heron, miembro del movimiento The Black Panthers, cantaba The Revolution won’t be televised (La Revolución no será televisada), casi cincuenta años después tampoco habrá revolución pero si muchas series que serán televisadas.

El otro primer alunizaje: logros olvidados de la carrera espacial.

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