DUNE
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Los mundos posibles de Dune de F. Herbert

Dune es un obra que ha creado mundos exitosos, como sus novelas originales que hablan de la condición humana y la ecología, y fallidos como sus adaptaciones e intentos cinematográficos. Con todo, la última palabra la tiene Villeneuve y su próxima película.

Frank Herbert tiene letras grandes y visibles en las estanterías de prácticamente todas las librerías bajo el título de Dune, su obra cumbre, y aunque ésta es una de las sagas más importantes de la literatura de ciencia ficción, el salto a las pantallas ha resultado fallido en por lo menos tres ocasiones (a la espera estamos de la cuarta, retrasada por el influjo del COVID), cuestión que la ha alejado hasta ahora de la Gran Fama de otras sagas espaciales como Flash Gordon, Star Trek, Star Wars o incluso Alien o Predator.

Por suerte o por desgracia, vivimos en una cultura que en este momento es eminentemente audiovisual, y si una adaptación de una saga no existe (o existe pero no funciona), a esta saga le queda todavía un último y definitivo paso comercial que dar.

Los salvadores se convierten muchas veces en dictadores

En la fantasía ocurre algo parecido: el mismo El Señor de los Anillos siempre fue un clásico indiscutible y de ventas millonarias, pero no pasó a un imaginario colectivo definitivo hasta que sus personajes tuvieron rostros reconocibles en la exitosa trilogía de Peter Jackson.

Es injusto, pero son las leyes del mercado las que separan al mundo de Tolkien, tan famoso como el de Game of Thrones o The Witcher, de otros que se merecen ser tan célebres como éstos, desde Las Crónicas de Terramar de Ursula K. Le Guin hasta El Señor del Tiempo de Louise Cooper, pasando por los universos de Abercrombie o B. Sanderson.

Diseño de personajes de la inacabada Dune de Alejandro Jodorowsky

Con Dune han fallado sus tres productos audiovisuales tanto en lo comercial como a nivel de adaptación: la película de David Lynch y las dos series de televisión de principios de la década del 2000. Esto ocurrió, posiblemente, por la complejidad misma de la saga. Porque Dune no es Star Wars, sino algo un tanto diferente. Sí, se asemeja más a Star Trek en la profundidad del tratamiento de dilemas filosóficos, pero parece ser que con sus luces y sus sombras va todavía más allá.

Las seis novelas que Frank Herbert dejó en vida de su universo plantean un crescendo de complejidad y completan una de las series más interesantes de la historia de su género. La primera de ellas, y la mejor desde mi perspectiva, llamada simplemente Dune, es también la más convencional a nivel narrativo y argumental: presenta la clásica lucha del bien contra el mal en el contexto de un imperio galáctico corrupto, con héroe elegido de corte mesiánico, destinado a cambiarlo todo y a derrocar a los tiranos. Paul Atreides, su protagonista, es un Luke Skywalker más, o un Flash Gordon más. Joven inexperto en sus inicios, aprende a usar su fuerza y la del propio universo para hacer el bien.

Sus enemigos, los malvados miembros de la Casa Harkonnen, coinciden en muchos puntos con el Emperador Palpatine o con Ming “El Despiadado”. Sin embargo, Dune es mucho más tenebrosa en todos los aspectos. Los mencionados Harkonnen son villanos que tienen un pie en la opereta y otro en la pura y más retorcida maldad. Son brutales, sanguinarios, crueles hasta lo inimaginable, depredadores sexuales que matan poblaciones enteras por clasismo o por simple diversión.

[Hijos de Dune] es floja y repetitiva, pero sigue retratando de forma ejemplar cómo el poder corrompe

Los héroes parecen mejores, sí, pero también tienen una escala de grises que Frank Herbert se encarga de dejar en claro: una cosa es acabar con un tirano y otra muy diferente es saber gobernar el reino en descomposición que ha dejado el tirano muerto.

El mesías de Dune, la segunda novela de la serie, toma un giro inesperado y radical. Después del triunfo de los “buenos”, Paul Atreides gobierna la galaxia… Y las cosas parecen no salir del todo bien. ¿Se imaginan que en Star Wars Luke acabase, tras derrotar al Emperador, siendo una suerte de dios en vida? ¿Se imaginan que él y sus amigos fuesen incapaces de gobernar la galaxia y que, a pesar de que traen con ellos la supuesta libertad, para mantenerla tienen que ir a la guerra y cometer tropelías y brutalidades para someter a los sistemas rebeldes o nostálgicos del viejo régimen? Pues eso es lo que ocurre tras la primera Dune. Porque si hay algo que su autor critica en la saga es la falsedad de los mesías, de los héroes, de los elegidos, de las religiones, de las políticas fanáticas e imperialistas. Los salvadores se convierten muchas veces en dictadores y gobernar no es nada fácil por muy buenas intenciones que se tengan.

En la tercera novela de la saga, Hijos de Dune, todo lo que ocurre en la segunda se ha desmadrado ya: los Atreides están peleando entre ellos y con otras casas rivales que quieren el poder, y tanto Paul como sus viejos amigos han degenerado en seres soberbios, altaneros, dictatoriales, que se asemejan muy peligrosamente a los ya extintos Harkonnen

Esta novela es floja y repetitiva y marca el inicio de cierta decadencia en la saga, pero sigue retratando de forma ejemplar cómo el poder corrompe; cómo la religión se convierte en dogma absurdo; cómo el personalismo acaba con la libertad y con la justicia; y cómo el querer alterar a la naturaleza para explotarla acaba destruyéndola.

“El genio chileno captaba perfectamente el ambiente de las novelas de Herbert, a caballo entre lo futurista y lo analógico”

Dios Emperador de Dune es el cuarto libro de la saga. Llega casi de sorpresa, cuando Herbert ya la había supuestamente cerrado, y viene en un formato totalmente nuevo: la narración en primera persona adquiere el protagonismo casi total en la voz de Leto II, el hijo de Paul Atreides, que se ha convertido en un humano-gusano que vigila y protege a la humanidad desde su personalidad omnisciente.

Aquí, en el que es posiblemente el más complejo de los seis, Herbert salta a un nuevo asunto: la necesidad de los seres humanos de expandirse sin cesar para sobrevivir y para desarrollarse, y los riesgos paralelos que esto entraña. En el estancamiento, en la tradición y en la comodidad solo existe una seguridad material que es temporal, que acaba pudriendo a los hombres y a las mujeres, pero en el salto a la exploración también hay cientos de peligros.

Amada y odiada a partes iguales, esta novela es toda una prueba para sus lectores, ya que se enfrentan a algo totalmente nuevo, donde también se abordan los asuntos políticos, sociales y filosóficos, pero de manera más compleja que en las anteriores.

Herejes de Dune, la quinta, presenta ya un futuro muy lejano de los acontecimientos anteriores, donde estas ideas se siguen desarrollando con una humanidad que ya se ha dispersado en el espacio, mientras la Casa Capitular de Dune, la última de todas las casas de la genealogía Atreides, plantea un cierto retorno a un ecosistema similar al de Arrakis (ya destruido) en el que todo vuelva, de alguna manera, a reiniciarse para poder avanzar.

Estas dos últimas novelas, que también recorren un camino de una mayor profundidad filosófica que las primeras, marcan la decadencia final de la saga, con un Herbert desde mi punto de vista ya agotado y dando vueltas cada vez menos inspiradas y más pedantes sobre los mismos temas.

Dune, primera adaptación de la novela como juego para el sistema operativo MS-DOS

El valor principal de la saga Dune es mostrarnos la “cara fea” de los héroes de la space-opera, el recordarnos que los poderes psíquicos (o las pistolas láser, o los sables de luz) solamente sirven para restablecer un precario equilibrio que, si no se alimenta con una política justa y racional, se pierde más pronto que tarde.

Por otra parte, la saga también habla de ecología: el planeta desértico Arrakis, que guarda la especia que el imperio necesita para prosperar (símil del petróleo), es explotado hasta la extenuación y esto trae la miseria a sus habitantes originales y, posteriormente, la destrucción de su ecosistema, que por muy estéril y hostil que sea para el ser humano, es un mundo complejo lleno de vida en perfecto y necesario equilibrio.

Frank murió en 1986 a causa de un brutal cáncer de páncreas y, a partir de aquí, su hijo Brian siguió articulando su universo, escribiendo nuevas novelas o modificando y publicando las que su padre había dejado en retazos y, también y por desgracia, destruyendo todo el interés que él supo generar. A pesar de todo, su éxito ha seguido siendo inmenso: Dune es una de las sagas más largas de la literatura y sus entregas siguen llegando periódicamente y sin visos de acabar de hacerlo.

Los otros mundos de Dune en el cine y la TV

Injustamente, Dune también ha tenido, como he señalado, un salto muy fallido en todas sus adaptaciones a los medios audiovisuales. Esto, me parece, la ha mantenido alejada del halo de la cultura popular total al que por suerte o por desgracia pertenecen otras compañeras de género antes mencionadas.

La primera de estas adaptaciones, objeto hoy de especulaciones de todo tipo, empezó a gestarse a mitad de los años setenta y no llegó nunca a rodarse. Fue la mítica Dune de Alejandro Jodorowsky, uno de los creadores más inimitables de la historia del cine, del cómic, de la literatura o incluso de la espiritualidad.

Sólo hay retazos de esta película, ideas, diseños, conceptos. Tenía buena pinta en lo estético: el genio chileno captaba perfectamente el ambiente de las novelas de Herbert, a caballo entre lo futurista y lo analógico, entre lo árabe y lo romano imperial, entre la tecnología desbocada y el feudalismo más atroz.

Jodorowsky quería una obra cumbre y delirante, una esfinge cinematográfica: quería como actores a Orson Welles o al mismo Salvador Dalí, y a Mick Jagger, y los diseños de H.R. Giger, de Chris Foss y de su amigo Moebius, con música de Pink Floyd.

También iba a rodar un Dune muy diferente al de la novela: esencialmente, iba a hacer lo que a él le salía de las pelotas, siendo claro y directo (no se pierdan en este sentido el documental Jodorowsky’s Dune: es muy revelador y además muy delirante y divertido).

No sabemos qué habría salido de este proyecto, que se desmadró y que acabó siendo cancelado después de cinco años de trabajo, de montones de bocetos y de desarrollo artístico, pero al parecer esta “Dune” no iba a ser Dune: iba a ser otra obra personal e intransferible de Jodorowsky, y fin.

Borrador de diseños de H.R. Giger: «The Harkonnen Castle» para Dune de Alejandro Jodorowsky.

Por suerte en sus cómics El Incal y La Casta de los Metabarones recicló parte de las ideas que tenía para esta superproducción anulada. En ambos nos regaló dos obras maestras de las viñetas que no puedo dejar de recomendar encarecidamente.

Dune, el primer intento de adaptación al cine, acabó tras el despido de Jodorowsky en las manos de… David Lynch. Delirante, pero cierto. Lynch, por su parte, respetó la novela mucho más, y le imprimió a la película una potencia visual de alto voltaje extraída de su imaginación. Es aún hoy una maravilla preciosa y tan evocadora como brutal, tan romántica como perversa: una delicia para los sentidos.

El problema de esta adaptación que llegó finalmente en 1984 es que sufrió las tijeras de sus productores, la familia De Laurentiis. De las casi cinco horas de metraje original, quedaron poco más de dos. Y esto se cargó la obra: no hay montaje que arregle semejante tajo.

Lynch aborreció su tercera película (venía de Eraserhead y de Elephant Man, en las que había tenido más libertad para trabajar) y, para colmo, todo acabó en un descorazonador descalabro de crítica y de taquilla. Ni la resaca de The Return of the Jedi ayudó a generar interés en esta adaptación.

“[Jodorowsky] iba a hacer lo que a él le salía de las pelotas, siendo claro y directo”

La saga no volvió a ser adaptada hasta el año 2000 y el año 2003, en los que se estrenaron respectivamente, en el canal Sci Fi, Dune, la leyenda e Hijos de Dune. Entre las dos, adaptaban las primeras tres novelas en un total de seis capítulos. Y tengo que decir que lo hacían con dignidad para el poco metraje que tenían y los pocos medios de los que disponían.

Las dos series de Dune eran fieles en esencia, por fin, a las novelas de Arrakis. Aunque es necesario decir que estaban lastradas por ser productos televisivos en todos los aspectos: en el argumental se resumió todo a lo bestia y se eliminaron muchas escenas sórdidas y sexuales, mientras que en el visual se notó que no había demasiado dinero; abuso de la infografía, repetición de escenarios, vestuario a veces no muy conseguido, efectos especiales mediocres. Su éxito fue discreto, aun cuando son bastante recomendables.

Quedamos a la espera del reinicio de esta saga de manos de Denis Villeneuve. Creo que el director canadiense tiene potencial, visión y tablas para adaptar a Herbert de una vez con todo el nivel que se merece. Ojalá no me equivoque.

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