Ecos virtuales en la vida real
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Generación Z: Cuerpos mediados online

Foto de Antoine Beauvillain

Los postmilenials (generación Z) se pierden y sus cuerpos expuestos y virtualizados son devorados en el bosque de las interacciones en redes sociales ¿Es esta una manifestación de una plasticidad mental que el humanismo letrado aún no puede comprender?

En 2016 se estrenó Arrival (Villeneuve), la clásica llegada al planeta de alienígenas piloteando unas mega limusinas interestelares y el mismo melodrama de siempre, nadie se entiende con el otro. La película se basó en la novela La historia de tu vida (1998) de Ted Chiang, Este autor escribió su libro a partir de los estudios que realizó sobre la hipótesis de Sapir-Whorf. Obviando críticas y debates, la idea de la hipótesis podría resumirse en que la forma de percibir nuestro entorno circundante (cosmovisión) está condicionado por las construcciones semánticas de los lenguajes.

Como en las películas de ciencia ficción las preguntas hacia los postmillenials son tautológicas: ¿Quiénes son? ¿Qué hacen allí? ¿Adónde quieren llegar? Estos alienígenas navegan en chats ultrasónicos a través de las constelaciones virtuales de WhatssApp, Instagram o Telegram. Facebook entró al taller de desguace y Twitter lo han acaparado los rusos y los norteamericanos para jugar al fakeball.

«La generación Z […] se expresa a través de sus cuerpos mediados on line»

La dificultad para comunicarse entre los adultos (los habitantes del planeta azul) y los jóvenes (los extraterrestres de las redes sociales), también remite a otra ficción cinematográfica menos estructuralista y más de juguemos a las escondidas, Los otros (2001) de Amenábar. Ellos y nosotros convivimos dentro de la misma casa, nos cruzamos a diario, pero nos ignoramos. Somos seres que habitan dimensiones compartimentadas y poseemos subjetividades diversas que casi no interactúan entre sí. ¿Por qué adultos y jóvenes nutren subjetividades estancas en el submarino nuclear de las redes sociales?

En la línea que plantea Paula Sibilia, antropóloga argentina y una pionera de este tema, la subjetividad moraba interiorizada, se exponía, replegaba y se movía dentro de una economía afectiva controlada y reprimida. Hoy estamos ante un yo que no sólo salió del armario, sino que también subió a la superficie y se sumó desnudo al aquelarre del espacio público. En la base de todo análisis conductual intergeneracional tendría que tenerse en cuenta la mutación de la subjetividad.

«Cualquier mortal puede deshacerse de su identidad asignada y “vivir una experiencia de libertad” sin mover un pie»

Los adultos (familiares y profesores) creen ampararse detrás de un yo que aún se comunica a través de pantomimas simbólicas y emocionales off line. La generación Z, por el contrario, vive “un festival” tribal cotidiano de la imagen y el gesto, donde se expresan a través de sus cuerpos mediados on line. Para Sibilia ya no existe intimidad sino “extimidad”. Según Mark Fisher, ensayista británico, esta obsesión por exteriorizar al sujeto llevaría a asomarse a lo que está más allá de la experiencia corriente.

Nada de esto es nuevo, Freud ya lo analiza en su concepto de lo unheimlich. Lo siniestro, lo ominoso, “el no sentirse en casa”. Quizás este haya sido siempre el deseo de los más jóvenes de la familia contemporánea. Claro que ya no es necesario escaparse a vagabundear por la ciudad, tampoco encerrarse con el portátil en el cuarto, a través de la pantalla del móvil cruzo el espejo y conecto con un Humpty Dumpty dark, emo o reguetonero en el aula, el metro o en el salón del piso.

Foto de Wyron A

Foto de Wyron A

Algunos proponen comprender estas “pesadillas” que las mediaciones tecnológicas aún provocan. El teórico de la comunicación Jesús Martín-Barbero  señala que muchos adultos entienden las tecnologías de la comunicación como algo “artificial” que se opone a las “naturales” relaciones sociales. Sin embargo, Martín-Barbero cuestiona: “¿cuándo han sido naturales las relaciones sociales?”. Y apunta dos factores seductores: la posibilidad de huir de las convenciones del entorno y de ser otro/a según me plazca y cuando se me antoje. Algo así como cuando hay que elegir el casillero del sexo M o F, y uno se inventara un tercero con la letra F de fuck you.

Esto es lo que permite el anonimato del chat, una democratización de Las Metamorfosis de Ovidio. No sólo las divinidades pueden mutar satisfaciendo el deseo del goce. Cualquier mortal puede deshacerse de su identidad asignada y “vivir una experiencia de libertad” sin mover un pie de donde se encuentra. Este proceso durante el cual se transita por el eje ficción–realidad podría interpretarse no tanto desde una perspectiva medicalizadora, sino tal vez observarlo como un bypass mediático, una sustitución de soporte para lograr una comunicación más amplia, instantánea y satisfactoria.

Acercándonos a Byung-Chul Han la viralidad de las redes sociales permite una comunicación que no opera por confrontación sino por contaminación. No ataca, propaga. La irradiación en el ilimitado espacio de la red es un sonar que navega detectando nuevos públicos en el mar de una res extensa post cartesiana, donde el «yo» no es más una duda vacilante sino un posicionamiento del ser, un “yo–soy”. Para Han, “los ruiseñores contemporáneos no pían porque quieren expulsar de su territorio a los otros. Más bien twittean porque buscan atención”. Interfaces colectivas que, atenuando los decibeles de clase y género, seleccionan y trafican en las redes de una economía informal de las emociones.

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