Gustavo Santaolalla: Del folklore argentino a los premios Oscar

Dos galardones por Brokeback Mountain y Babel lo pusieron bajo los focos, convirtiéndose en uno de los hispanos más influyentes de Estados Unidos. Para el músico argentino, la clave ha sido una búsqueda identitaria sin telarañas ni exotismos.

A sus 68 años, este precursor del tango electrónico y artífice del boom del rock latino sigue quebrando convencionalismos.  Gustavo Santaolalla no rockea, ronrockea. “Todo lo que hago tiene que reflejar quién soy y de dónde vengo”, suele decir. Ya son más de 50 años de carrera cumpliéndolo: desde sus inicios como pionero del cruce entre rock y folklore en Arco Iris, banda fundacional del rock argentino junto a Manal, Almendra y Vox Dei; hasta las bandas sonoras que lo llevaron a Hollywood y a los premios Oscar, BAFTA y Globo. Todo ello nada menos que gracias al ronroco, ese peculiar instrumento familia del charango que él puso en el mapa mundial, sorteando exotismos.

Reconocido por la revista Time como uno de los hispanos más influyentes de Estados Unidos, en 1978 emigró del Gran Buenos Aires a Los Angeles, California, cuando la dictadura militar arreciaba. “Me harté de las noches en comisaría, por llevar pelo largo y tocar música ‘extranjerizante’. No era mi caso, pero vete a discutir de identidad cultural con gorilas armados”, recuerda. 

“Después me dije: no basta con cantar, hay que tocar en nuestro idioma”.

Desde allí se convirtió en uno de los principales artífices del rock latino de los 90, por la producción de más de 100 álbumes. Lejos de explotar una etiqueta vacía, se empeñó en encontrar y pulir, riguroso y detallista, la veta que mejor identificara cada propuesta, dando el espaldarazo a algunos de los artistas más relevantes de la escena latinoamericana, como Café Tacvba, Molotov, Caifanes, Los Prisioneros, Bersuit, Divididos y los inicios de Juanes y Julieta Venegas.  

Santaolalla con ronroco. Auditorio Belgrano (Bs. As.). Foto gentileza de Maia Alcire

Creador delicado e inquieto, además gran instrumentista -Eric Clapton lo invitó a su Crossroads Guitar Festival-, en los últimos tiempos ha reavivado la carrera como solista, que sus exitosas colaboraciones audiovisuales y la producción habían dejado eclipsada. Antes de replegarse debido al Covid 19, intercalaba proyectos:  la gira del último álbum de Bajofondo, Aura (2019), y la composición de la música para Narcos y una serie española sobre El Cid; su participación como cantante invitado en el show “Gracias Totales” de Soda Stereo, homenaje a Gustavo Cerati, y la creación de las bandas sonoras para el film Bios (2020) –de Miguel Sapochnik, con Tom Hanks– y el videojuego The Last of Us II; la producción ejecutiva de una serie sobre el rock en español para Netflix y su propio show “Desandando el camino”.

-Internacionalmente es conocido, sobre todo, por sus bandas sonoras y su trabajo como productor. ¿Qué le ha llevado en los últimos años a revisitar el legado de Arco Iris y su carrera como solista, primero en el álbum Raconto (2017) y ahora con el espectáculo “Desandando el camino”? 

-Por cosas de la vida saqué varios discos solista que nunca pude tocar. Dos de canciones: Santaolalla (1982), que fue como el precursor en Argentina de la new wave y la movida moderna de los 80, y G. A. S. (1995), un disco más grunge de los 90, recién remasterizado. Luego estaban los instrumentales, Ronroco (1998) y Camino (2014). Son discos que abarcan casi 30-40 años. Pero estaba tan ocupado en mi carrera de productor que nunca pude armar una banda para presentarlos. De alguna manera el yo cantante quedó postergado. Nunca he sido una persona de mirar atrás, siempre he tratado de ver qué es lo próximo. Pero llegó un momento en mi vida… haber pasado los sesenta años, el advenimiento de mis nietas y otras cosas personales me hicieron apretar el botón de pausa. Me surgió la necesidad de ver cómo había llegado hasta aquí. Me dieron ganas de hacer una revisión de mi vida a través de las canciones y mi música. 

-¿Se trata de una suerte de (re)lanzamiento de su carrera solista?

-Sé que suena gracioso esto de lanzar mi carrera como solista ahora, ¡a los sesenta y tantos años! (risas). Pero en mi caso, pasa algo muy gracioso: mi público es tan heterogéneo que hay algunos que conocen “Mañana campestre” –himno seminal del rock argentino- o “Ando rodando” de los 80. Otros sólo conocen la música de Brokeback Mountain y hay chicos de 12 ó 13 años que son fans por The Last of Us y las bandas sonoras de videojuegos. Entonces la gran mayoría conoce solo 1 ó 2 cosas y el resto, que son dos horas y media de espectáculo con cinco músicos y más de 50 instrumentos sobre el escenario, es todo música nueva incluso para mí. “Desandando el camino” no tiene nada de nostalgia.

Santaolalla con ronroco. Auditorio Belgrano (Bs. As.). Foto gentileza de Maia Alcire

-¿Cómo surgió la idea de mezclar rock con folklore y música popular latinoamericana? Alguna vez dijo que el folklore, como la primera música que surge de la relación del hombre con la tierra, tenía un elemento visceral al igual que el rock. ¿Fue esa afinidad lo que le llevó a fusionarlos?

-Yo empecé a tocar la guitarra a los 5 años, pero hasta los 10 mi formación fue académica. Nunca aprendí a leer música, pero sí la parte técnica, posiciones. A los 10 años mi profesora le dijo a mi madre: “su oído puede más que mi teoría” y me abandonó. Entonces fue cuando empecé a tocar canciones y acompañarme, generalmente folklore, como casi todos los chicos argentinos de mi generación. A los 12 me dieron una guitarra eléctrica y cuando salieron los Beatles, tendría 13 años, fue la revolución. Empecé a componer, al principio en inglés, pero no tardé mucho tiempo en darme cuenta de que tenía que escribir en español. Después me dije: no basta con cantar, hay que tocar en nuestro idioma. Y eso implicaba meternos con ritmos, instrumentos y sonoridades que tenían que ver con nuestro folklore, no solo el argentino, sino el latinoamericano. Empecé con sambas y chacareras, pero enseguida seguí con el joropo, la cueca, la cumbia, distintos ritmos latinoamericanos. 

“Nos iban a quemar en la hoguera tanto los del rock, como los de la electrónica y del tango… ”.

En su momento fui muy criticado por la intelligentzia del rock. Decían que eso no era rock, que cómo vas a meter una chacarera, o cómo vas a tocar rock con charango y bombo criollo. Pero creo el tiempo validó mi propuesta. Yo encontré en el folklore una conexión más inmediata con lo primitivo y tribal que tiene el rock. Pero también es que para mí el rock se convirtió en el folklore de los jóvenes del mundo; no como el rock and roll de los 50, sino como rock sin el roll, el que permitía convivir en un mismo escenario a Hendrix y Donovan. El rock pasó a ser una actitud donde entraba todo lo que servía para decir lo que uno quería en contra del establishment, lo que pensabas respecto a la vida. Y en ese sentido, para mí era totalmente lógico que, en la globalización de ese folklore de los jóvenes del mundo, nosotros le aportáramos lo nuestro. 

-Entonces el elemento clave fue la identidad, pero siempre en movimiento y en constante expansión. 

-Definitivamente. Lo que ha marcado toda mi carrera es la identidad, al punto de que incluso en Brokeback Mountain hay una influencia clara de Atahualpa Yupanqui en la forma como toco la guitarra. En la música para el videojuego The Last of Us, ambientado en un Estados Unidos postapocalíptico, el tema principal lo compuse con ronroco, que es un instrumento del norte de Argentina, Bolivia y Perú, y en un ritmo de 6×8, un ritmo de chacarera. Yo siempre busco mi propio camino; incluso los filmes por los que me han premiado no responden a cánones establecidos, tienen una sensibilidad distinta a lo anglo. 

“La gente (…) quería ver a la banda. Pero ¡no había banda!”.

En Bajofondo siempre dijimos que lo que hacíamos no era el nuevo tango, ni nada por el estilo, sino música contemporánea del Río de la Plata. La cosa es que si quieres hacer música actual que represente a urbes como Montevideo o Buenos Aires, indefectiblemente van a haber sonoridades relacionadas con tango, milonga, candombe y murga; pero también con jazz, rock, soul, música clásica, música progresiva, grupos de cumbia… Todo eso, que fue con lo que nosotros crecimos, converge en Bajofondo. La identidad se expande con la vida.

-¿Algún cultor clásico de tango se quejó alguna vez por lo que hacía con Bajofondo? ¿A algún folklorista le pareció un desafuero su fusión de rock y folklore?

Atahualpa Yupanqui

No, por suerte no. En un momento yo sentí la necesidad, junto a mi amigo León Gieco, de entender más profundamente el folklore, porque del rock sabía un montón. Quizá fue como cuando a los músicos de rock ingleses les dio por ir a las fuentes del blues y se armaron esas conexiones de los Rolling Stones y Clapton con Muddy Waters, o de Keith Richard con Chuck Berry. Yo del folklore había mamado por la radio y la televisión, viajando al interior. Pero nunca me había metido con los folkloristas más puros. De ahí surgió el proyecto De Ushuaia a La Quiaca, con el que recorrimos todo el país grabando a los músicos en su lugar de origen, donde habían vivido y hecho música desde siempre. Ninguno de ellos me hizo jamás un comentario negativo. En cuanto a Bajofondo y el tango, Horacio Ferrer, que es un poeta enorme, autor de las letras de tango de Piazzola, como “Balada para un loco”, me hizo miembro de la Academia Nacional de Tango. 

-Aunque ahora se presenta como música actual del Río de la Plata, inicialmente Bajofondo tenía el apellido de Tango Club. ¿Cómo se planteó darle la vuelta al tango? 

-Yo al tango siempre le he tenido mucho respecto, porque es una música muy sofisticada, pero al mismo tiempo muy popular. Siempre pensé que le llegaría su momento y llegó cuando cumplí 50. Estaba buscando un socio para fusionar y me encontré con Juan (Campodónico). Nos pusimos a experimentar, pensando que nos iban a quemar en la hoguera tanto los del rock, como los de la electrónica y del tango. Pero lo que pasó fue lindísimo.  Colaboramos con distintos músicos, algunos venían directamente del tango como Adriana Valera. “Perfume” pegó muy fuerte y la gente empezó a decir que quería ver a la banda. Pero ¡no había banda! 

“El uso del silencio (…) es ese ¡taránnn…! que se queda allí suspendido en el aire, hasta que entra otra nota”.

Junto a Javier Casalla y Luciano Supervielle hicimos un primer show nada menos que en el Abasto, donde se crió Carlos Gardel. En el segundo concierto en Uruguay se unió Gaby Casacuberta y luego una noche en la Catedral (el club de Buenos Aires) escuché a Martín Ferres y me dije: ¡Este es nuestro bandoneonista! Así, en un período de tres meses se armó esta orquesta atípica: vivimos entre Uruguay, Argentina y EE.UU.; somos de distintas edades y aunque todos tenemos en común el rock, unos vienen de la música clásica, otros del hip hop, del heavy metal, de la música contemporánea… Hoy Bajofondo es más cercano a un grupo alternativo de rock con elementos de tango, milonga, candombe y murga, que un grupo de tango electrónico. De hecho, la parte programada ha ido decreciendo y Alejandro Terán, quien hace los arreglos de cuerda desde Mar Dulce, ya es uno más. Aura muestra muy bien lo que somos. Lo hicimos en el estudio de Juan a partir de ideas básicas que cada uno trajo, dando espacio a la improvisación, a la psicodelia.  

-En el pleno boom del rock latinoamericano, le llamaron el rey Midas del rock latino. ¿Qué ve en un artista para querer producirlo? 

-A Café Tacvba, con quienes he trabajado más tiempo, los descubrí tocando en una feria con unos instrumentos pésimos, un sonido horrible, y, sin embargo, tenían algo increíble que con el tiempo se fue manifestando más y más. Siempre busco artistas que me impacten, que me movilicen, que tengan una visión estética, conceptual, sónica, temática de peso, que sienta que están trayendo a la mesa algo original. No trabajo con gente que diga siempre: “sí, Gustavo”. Trabajo con artistas con opiniones fortísimas a quienes tengo que demostrar que entiendo su universo y que puedo ayudarlos para que se manifieste mejor, o para que brille más a través del tono, de poner una cosa, sacar otra, de elegir el repertorio de cierta manera, de armar el álbum de cierta forma. Es un desafío total, porque una cosa es Kronos Quartet y otra es Molotov. Tenés que entender el humor de cada individuo, su cosmovisión y hay que ganarse su confianza. 

-¿Cómo es su proceso para crear bandas sonoras? 

-Me gusta mucho más trabajar a partir del script y de conversaciones con el director, que ver imágenes. Me inspiro más leyendo y conectándome con los personajes y la historia que va creciendo en mí. Una vez que tenés las ideas de feelings, temas, texturas, leitmotivs, que ya sabés el tejido sónico que va a tener algo, quizá haya que hacer ajustes a las escenas. Pero yo no compongo sobre la escena. Por eso me gusta entrar en los proyectos al principio, para que el director pueda utilizar mi música en lugar de temp music. Así se crea una retroalimentación y muchas veces la música termina inspirando. Brokeback Mountain la hice antes de que se filmara un cuadro. En 21 gramos, Alejandro (González Iñárritu) llegó a filmar pasando la música en el set. Y en el caso del videojuego The Last of Us, que se trabaja con años de antelación, mi música terminó inspirando una nueva escena. 

Alejandro González Iñárritu y Gustavo Santaolalla

-¿Cómo escoge la paleta, el tejido sónico para un film? ¿Podría darnos un ejemplo de un elemento distintivo, una textura sobre la que haya desarrollado una banda sonora? 

-Cuando empecé hacía lo que me salía instintivamente. Hoy algo que me encanta es trabajar con el silencio. Tocar muchas notas es algo que aprendés; no tocar, saber dónde abstenerte es más difícil. Eso se aprecia mucho en Brokeback Mountain, donde está empujado al máximo porque era un poco la realidad de esos personajes, que vivían una vida bastante silenciosa. El uso del silencio está en todas mis obras. Es ese ¡taránnn…! que se queda allí suspendido en el aire, hasta que entra otra nota. También está el uso de texturas, me gustan los ruidos que le dan volumen en cuanto a cuerpo, como en esas pinturas donde se usa el óleo con espátula. También hay algo primitivo, esa crudeza de los ruidos de la guitarra o del amplificador, pero llevándolo a cosas muy emotivas, con momentos de suma fragilidad. 

“A veces se da una valoración equivocada de la palabra cultura como algo que tiene que ser elevado y no popular”

De la instrumentación, para el videojuego The Last of Us tenía claro que iba a estar la guitarra, el ronroco y un bajo de seis cuerdas vintage, que es como una guitarra, pero una octava más abajo. Cuando vino The Last of Us II quería agregar un elemento nuevo que tuviera que ver con la Americana. Y ahí apareció el banjo como nuevo protagonista sónico. Para Babel tenía tres historias en distintos lugares del mundo y yo no quería que fuera como un documental de Nat GEO: vamos a Marruecos y se escucha música de Marruecos, vamos a Japón y se escucha música de Japón. Pensé en un instrumento que me pudiera aunar todo: el ūd como antecesor del laúd y, por ende, de la guitarra, me enganchaba por su origen con el mundo arábico; después me enganchaba con la guitarra, que podía estar relacionada con la frontera de Estados Unidos y México; y, tocado como yo lo toco, con los dedos, me sonaba parecido a un coto japonés. Así este instrumento se convirtió, junto al ronroco, en la sonoridad para Babel.

-Ennio Morricone muchas veces utilizaba instrumentos fuera de contexto para darle una emotividad peculiar a la escena, como las ocarinas en El Bueno, el Malo y el Feo. ¿Algo así le sucede con el ronroco que le sirve tanto para una película del Ché, como para transmitir la desolación en Babel o en el videojuego The Last of Us? 

-Yo encontré en el ronroco algo especial que calzaba con cierta forma de expresarme. Es un instrumento de la familia del charango, aunque bien distinto. Los charangos de los últimos 30 años tienen cuerdas de nylon que no tienen mucho sustain. Tú tocás y hace riiing y muere. Entonces tenés que desarrollar una mano derecha muy rápida, que toca velozmente trémolos, para mantener un sonido más largo. El ronroco tiene más sustain. Como yo lo toco arpegiando con técnica de fingerpicking, que es más de guitarra y no la que usan los charanguistas, puedo acompañarme y tocar una melodía al mismo tiempo. Interpretando temas que no necesariamente son andinos, como “Iguazú” que pudiera sonar más a Europa del Este, pude llevar al instrumento a otro lado. Logré cierta universalidad que nunca se pudo con el charango. Por mi forma de componer y tocar, el ronroco me sirve más bien para crear atmósferas, para transmitir una emotividad, para conectarte con cosas más cercanas al corazón. 

Escena de Brokeback Mountain (2005) de Ang Lee

-Fue precisamente a partir del álbum Ronroco (1998) que entró en el mundo de las bandas sonoras.

-Sí. Lo saqué impulsado por el gran Jaime Torres, que es como el Ravi Shankar del charango. Le mostré lo que había hecho diciendo que era de unos amigos. Y él me dijo: “eso es tuyo y tenés que hacer un disco”. Yo le respondí: “pero maestro, si yo ni siquiera toco con la técnica de ustedes”. Y él: “no, vos encontraste el espíritu del instrumento”. Y explotó. Así, un día llama Michael Mann porque quería usar un tema del álbum en The Insider (1999), con Al Pacino y Russell Crowe, en un momento clave de la película. Por otro lado, una amiga común le muestra el disco a González Iñarritu y terminé en Amores Perros. La mayoría de los temas fueron con guitarra, pero al final estaba “Atacama” con ronroco. Alejandro me dijo: “tengo un amigo que está haciendo una película del Che”. Era Walter Salles y Diarios en Motocicleta (2004). Hago la música, vamos al Sundance y en una fiesta me dicen que tenía que conocer a Ang Lee, porque estaba haciendo un western, pero especial y distinto: Brokeback Mountain. Lo que pasó con el ronroco fue maravilloso, me abrió las puertas. ¡Me hizo ganar dos Oscar! (risas) 

-Con sus bandas sonoras de alguna manera ha pasado a la llamada “música docta” y la “alta cultura”, con orquestas sinfónicas y músicos de conservatorio, aunque curiosamente nunca aprendió a leer un pentagrama.  ¿Hay realmente una diferencia? ¿Cómo se posiciona?

-A veces se da una valoración equivocada de la palabra cultura como algo que tiene que ser elevado y no popular, pero cultura es todo: desde la música sinfónica hasta una cueca, Atahualpa Yupanqui o Café Tacvba. Todo forma parte de quienes somos. En cuanto a leer y escribir música, las limitaciones las puedes vivir como una condena, o tratar de utilizarlas a tu favor, creando un estilo. En mi caso, ha condicionado la forma en que me expreso, pero no lo vivo como un impedimento para que lo que quiero expresar se pueda manifestar. Creo que me ha dado una cualidad. Yo encuentro música en todo lo que pasa alrededor, tanto en un disco que suena, como en los ruidos de la gente paseando, los sonidos de la ciudad. Percibo una interpretación musical de la realidad y muchas de mis composiciones parten de esa percepción aural de la realidad. En cambio, conozco gente que sí sabe leer y escribir música, pero está llena de limitaciones y no son capaces de tocar una nota que no esté escrita. En general yo trato de relacionarme con músicos que conozcan el lenguaje realmente universal de la música y no el que se anota.

* Fotoportada intervenida sobre el original gentileza de Maia Alcire

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