Barry o el arte de enseñar el arte

Barry, la serie de HBO, muestra una reflexión sobre el arte de aprender o enseñar el arte. El protagonista es un asesino seducido por un taller de actuación… pero ¿es posible que quien no conecta con sus emociones aprenda, interprete o aprecie el arte?

Cada vez que Gene Cousineau el aparentemente severo, apasionado y metódico profesor de actuación del grupo de Barry enfrenta a sus alumnos estos se levantan y lo reciben con una ovación que es metáfora de las dinámicas internas de un taller.

Jan Havicksz – Los niños enseñan a un gato a bailar (1670-1679)

¿Se puede enseñar narrativa? ¿Artes plásticas? ¿Actuación? Aunque la proliferación de teorías y talleres y otras experiencias pedagógicas parecen darlo por sentado, en realidad los resultados finales nos pueden hacer dudar.

Un ejemplo práctico es el desencanto del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal cuando en la primera revolución sandinista quiso masificar la aparición de poetas a través de talleres. Vencido por la realidad, Cardenal dijo que se conformaba con formar buenos lectores.

«…tener un espacio una o dos veces por semana para tomarse en serio los problemas del arte.»

No depende del talento ni de quien dirige el taller ni de sus alumnos. Finalmente, muy pocos o ninguno podrán llamarse actores, poetas o pintores. Por eso, participar en un taller artístico requiere una suspensión del escepticismo: el participante debe aceptar un pacto similar al del lector de ficción que sabe que desde que entra a ese mundo debe dejar de buscar lo verosímil y entregarse al eventual poder de persuasión de lo que se le presentará en adelante.

Cousineau sufre con los mediocres intentos de sus alumnos al tratar de realizar ejercicios básicos, pero él persiste: parece que le basta con algún momento casi aleatorio de brillantez sobre el escenario de algún aspirante a actor, con las ovaciones que recibe al comienzo de cada sesión y con el alto precio que cobra a sus alumnos.

«…los talleres nos permitieron encajar nuestra vocación artística entre las 8, 10 o 12 horas de trabajo…»

Algunos dicen que en el mundo de las artes enseña quien no logra una buena ejecución, pero en Barry se nos cuenta una verdad más íntima: enseña quien a partir de un método logra ser suficientemente convincente entre sus discípulos para conseguir la verosimilitud actoral… y que le paguen.

 El taller como refugio

Jan Steen (El holandés) – La lección de dibujo (1665)

Antes de los talleres e incluso de las experiencias más académicamente concebidas -o las que pretenden serlo- existía un maestro a quién seguían algunos discípulos que permanecían a su lado hasta llegaban a imitar su trabajo. Luego los alumnos más talentosos o esforzados lo superaban, lo que suponía muchas veces una elección de vida excluyente pero trascendente.

En cambio, los talleres nos permitieron encajar nuestra vocación artística entre las 8, 10 o 12 horas de trabajo, las exigencias  de los  estudios  formales  y los compromisos familiares. Como el runner de carreras cortas esporádicas bimestrales, como quien aprende a hacer sushi por si un día desea prepararlo en casa.

Pero en los talleres artísticos hay una dimensión adicional compleja de entender y que alimenta la fascinación de la premisa de la serie y de la forma como Barry de entusiasma con seguir en sus clases aunque la razón original de su llegada ha desaparecido.

«Para Sally el taller es el mundo…»

Esto se evidencia en el personaje de Sally Reed, la eterna artista en busca de su big break, esa gran oportunidad que validará todos sus fracasos anteriores. Sally encarna al tallerista empedernido que asiste a todos los que se abren, además de conversatorios y festivales.

Para Sally el taller es el mundo. En el encuentra compañía, sexo, admiración y reafirmación. De hecho, es la única de las participantes que promueve que los encuentros con los compañeros se extiendan en horas fuera de las clases para nunca dejar de ser el eje de atracción.

Decía John Gardner, quien dedicó buena parte de su vida a dictar clases de escritura creativa a las que asistieron alumnos como Raymond Carver, que la razón de ser de esas sesiones era tener un espacio una o dos veces por semana para tomarse en serio los problemas del arte.

Barry (la serie) contrapone arte y realidad de forma severa al enfrentar a Barry y a Sally: en las clases de Cousineau se hace énfasis en ejercicios en la búsqueda de la conexión con el mundo interior, con las emociones. Los ejercicios de Barry fracasan: se encuentran con el vacío indispensable para ganarse la vida como sicario; los ejercicios de Sally fracasan en parte porque lo que ella ha creído que es cultivar sus emociones no ha sido más que la confección de un catálogo.

Pero, puestos bajo presión, es Barry quien cosecha los mejores frutos. Parece que el camino de descubrimiento de Sally es hacia afuera (el reconocimiento, los castings), el de Barry es esa travesía interior que asociamos con el arte.

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