De Ulises al Código da Vinci: de vinos y verdades

No todas las opiniones son válidas, así como hay verdades incompletas y funcionales, mentiras a medias podríamos llamarlas. En el reino de la literatura y del vino hay ejemplos de sobra para hacer una especie de búsqueda del consenso de la verdad…

Siempre regreso a una frase que escuché en alguna de las decenas de charlas y conversatorios sobre literatura y gerencia cultural a los que asistí: en la cultura más que lo que se consume lo importante es cómo se consume. La avalancha de opiniones y reseñas que ha disparado intenet -sobre todo bloggers y apps- me hacen pensar que vamos demasiado rápido y con la seguridad que tiene el que no toma previsiones porque todo lo ignora.

El reino de las opiniones

¿Quién puede hoy, en medio de las amenazas reales de la libertad de expresión, pretender disminuir lo que alguien opine sobre algún asunto? Quien aboga por El Código Da Vinci porque se lee muy rápido y es emocionante o por ese cabernet cuyo origen apenas alude un país sin detenerse en preocupaciones de terroir o forma de elaboración que le parece “un vinito sabrosito”, tiene todo el derecho de hacerlo. Y ahora no solo lo lleva al boca a boca al menudeo sino que con las redes sociales lo multiplica.

«Hay un gusto en disfrutar la opinión y el hecho de opinar por lo que son».

Se trata de el opinador. En el mundo del vino es conocido como wino o simplemente un foodie que cultiva esta afición, mientras en los libros es el lector entusiasta. Lo curioso de estos personajes es que casi sin excepción hay una desproporción entre su capacidad para poner en contexto lo que consumen y la cantidad de contenido que generan. La forma como repiten contraportadas y contraetiquetas y las incorporan a su propio discurso los convierten en aliados perfectos comerciales por eso es común que terminen convirtiéndose en “influencers” para aprovechar su entusiasmo, obteneniendo dinero o productos gratis a cambio de las publicaciones lisonjeras que de cualquier manera hacen.

Es un mundo feliz -al estilo de Huxley- en el que no hay debates sobre la erosión que provoca la siembra de la vid, las acusaciones de adición de agua a los vinos, las crisis de los géneros literarios o las ideologías de las historias, es el mundo de los descriptores entusiastas, de los epítetos, de los superlativos que son una invitación siempre a comprar.

Foto de Eugenio Mazzone en Unsplash

El problema es que son libros y vinos y, después de todo, el libro permitió como decía Borges una extensión de la imaginación del hombre y una forma inédita de difundir informaciones, conocimientos y arte escrito, y detrás del vino y el cultivo de la vid está una de las razones por las que el hombre cambió su vida nómada por los asentamientos que velaban por el ciclo de la planta.

La opinión, la verdad

En tanto objetos culturales, tanto el vino como el libro tienen un conjunto de valores inherentes que están más allá de los juicios puntuales. Un Petrus 1982 o Cien años de soledad no necesitan ni están esperando la validación del usuario más reconocido de ninguna plataforma, a su modo ambos son obras de arte y el rol de quien las consume/disfruta es tratar de acceder de forma personal e individual a esa verdad.

» Cuando uno opina no hay desplazamiento…»

¿Cualquiera puede leer un libro o probar un vino y opinar que es bueno o malo? Sin duda. ¿Cualquiera puede explicar las razones que los hacen diferentes? Difícilmente. El opinador suele carecer de un criterio propio -más allá de su gusto personal- y de un contexto, ése que ofrece el pensamiento crítico, cómo se compara el objeto del que opina con los mayores ejemplos conocidos. El que bebe, por nombrar dos regiones clásicas, su primera copa de champagne o burdeos o lee a Baudelaire o a Joyce por primera vez y sin experiencia alguna relacionada puede opinar cuanto quiera pero es imposible que entienda en perspectiva la experiencia que ha disfrutado.

Se necesita recorrido, criterio, conocimiento entre otras herramientas para acercarnos a esos valores inherentes que es donde se encuentra su verdad. Cuando uno opina no hay desplazamiento sino esa reacción ante lo que botella y publicación tienen para ofrecernos de forma inmediata.

La popularidad como medida

Entonces volvemos a Goodreads y Vivino. En el fondo, hay una dimensión en estas plataformas en las que se sugiere que hay una verdad posible en la acumulación de un catálogo de “productos” y simpatías.

Reconocimiento infinito por René Magritte

Desde ese punto es cuando comienza la espiral en la que la opinión, con o sin intención de quien la emitió, es promovida a verdad, tomada como verdad y repetida como verdad con un resultado deprimente: muchísimas personas que pierden la oportunidad de enfrentar ese nivel de disfrute que es buscar la verdad del libro o el vino, sacrificarlo por una opinión propia o ajena.

Por eso me ilusiona comenzar repetir, aunque se pierda entre el ruido, que hay un gusto en disfrutar la opinión y el hecho de opinar por lo que son y que quien opine disfrute del ejercicio y comparta y consiga adeptos y detractores de sus opiniones.

Y podemos dejar las verdades para otros momentos y otros espacios, igual ellas nos estarán esperando en alguna página o sorbo por venir.

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