Cuarteto de Nos: la ironía y el doble sentido han sido cancelados

Si algo caracteriza al Cuarteto de Nos son sus letras cargadas de ironía e ingeniosos juegos de palabras. En el 15º aniversario de Raro, el disco que los catapultó internacionalmente, su vocalista y principal compositor, Roberto Musso, nos habla de cómo estructuraron su rock rap a la uruguaya, del manejo del lenguaje y el cruce de géneros, y de cómo la política de la cancelación está decantando en censura. 

El Cuarteto de Nos es la banda con el disco más vendido en la historia de Uruguay. Pero cuando se les ocurrió sacar una canción paródica del prócer de la patria, les tocó la censura; el primer veto tras la vuelta a la democracia.  25 años después de aquel impase y en la celebración del 15º aniversario de Raro (2006) -el álbum que los catapultó de su pequeño terruño al mundo-, todavía su marca distintiva es una intrincada metralla de rock rap a la uruguaya, rebosante de ironía y humor negro.

Por sus orígenes y fuerza lírica podría esperarse quizá algo más sosegado. Pero su sonido está curtido por el arrebato del directo, tras 36 años de carrera. En una suerte de catarsis colectiva, distintas generaciones corean rubicundas, verso tras verso, sus ingeniosas y mordaces rimas como “Yendo a la casa de Damián”, cuatro minutos de contagiosos juegos de palabras sobre una absurda odisea cotidiana, o “Buen día Benito”, de la venganza contra el abusador.

«En ese momento el doble sentido todavía estaba permitido. Hoy la literalidad le ha ganado a la ironía.»

Curiosamente, el boom internacional se dio más de 20 años después de su primer concierto, cuando Julieta Venegas le pasó Raro al presidente de EMI España. “Nos dijo que nunca había escuchado algo parecido a nivel letrístico o musical y en seguida nos llamó para ficharnos. Así entramos primero a España y luego de vuelta a Latinoamérica”, rememora su cantante y principal compositor, Roberto Musso.

El culmen llegó por caminos igual de extraños, cuando los hoy célebres videos de “Yendo a la casa de Damián” y la descarga existencialista de “Ya no sé qué hacer conmigo” comenzaron a salir, no en los canales musicales como MTV o VH1, sino en los de series. “Mi hermana un día me llama: “Ché, estaba viendo Betty la fea y antes de que comenzara Desperate Housewives pusieron el video de Damián”.

A partir de entonces su discografía ha ido hilvanando una suerte de bestiario de personajes extraños e historias peculiares contadas en primera persona, como “metáforas de la condición humana” o encarnaciones de los pesares e inquietudes de la sociedad actual. Bipolar (2009) y Porfiado (2012) tensaron con sofisticación la ironía y cruce genérico de Raro; Habla tu espejo (2014) dio una inflexión más emotiva e introspectiva a su propuesta; Apocalipsis Zombi (2017) jugó a personificar las distopías de hoy; y Jueves (2019), cuya gira quedó coartada por la pandemia, expandió miras con tono más ecléctico. 

Ya no sé qué hacer conmigo

-Siempre han dicho que son raros. ¿Cómo definirías hoy la peculiaridad de El Cuarteto de Nos? ¿Cómo evolucionaron de la apuesta inicial más localista, de humor bizarro y teatralidad con ecos a festivales de Murga, a esa propuesta más compacta de rock rap a la uruguaya, más pop pero incisiva?

-Venimos de una generación de la que no nos podemos despegar, como en Argentina y Chile. Es la que vivió su adolescencia en dictadura militar. La democracia nos encontró con 17-18 años, entrando a la universidad, que era un caldo de cultivo cultural impresionante. Había una efervescencia que hoy parece inconcebible. Ese momento cuando finalmente se pudieron hacer cosas que por mucho tiempo estuvieron prohibidas, esa libertad nos marcó en lo musical, las artes visuales, la literatura…  Luego está lo teatral y el humor llevado hasta el límite del absurdo, obras como La Cantante Calva… esa onda nos encantaba y estaba muy plasmada en nuestra propuesta inicial. Luego nos pasó, a mi compositor y a todos como banda, que nos encontramos un poco saturados y pensamos en cómo podíamos darle una visualización distinta, a nivel artístico, compositivo, logístico. 

Raro fue una especie de renacimiento. Lo hicimos con Juan Campodónico (El Peyote Asesino, Bajofondo, Campo), con canciones más largas y rimas complejas. Era un disco con guitarras distorsionadas, aires grunge y un tono rockero muy moderno, pero que abordaba todo desde otro lugar: el sarcasmo y la ironía, letras con un relato no estándar de personajes y situaciones. Igual se mantiene parte de lo anterior en ese tono que tienen algunas canciones de parodia musical. Con Campodónico lo trabajamos mucho, pero para hacerlo más en serio. Por ejemplo, la mezcla country que podría ser “Pobre Papa”, no la hicimos riéndonos del género, sino en serio, dominándolo y sabiendo extraerle lo que aporta al tema. 

-Al decantarse por el hip hop, ¿cómo desarrollaste tu estilo de rapear, que está tan vinculado a la cadencia del idioma? ¿Te inspiraste en la tradición de la payada? ¿En referentes locales como Peyote Asesino? 

-Desde principios de los noventa ya teníamos algunas canciones con aires hip hop. Por más que nuestras instrumentaciones y referentes eran más The Beatles o Led Zeppelin, nunca fuimos fundamentalistas del rock.  A partir de Raro me interesaba hablar de temas que quizá en el formato de canción pop tradicional no cabían, no hubiera podido meter tanta información. Justo en ese momento había salido el disco de Eminem “The Slim Shady LP” que me pareció increíble, porque mezclaba todo el rapeo con juegos de lenguaje, humor, crítica social y estribillos pop. Me pareció interesante para mezclar también con lo que decías de lo folkórico, las payadas. Todo ese desarrollo de décimas, ese duelo entre guitarreros que se van desafiando a hacer rimas, confluyó para que intentara hacer canciones como “Ya no sé qué hacer conmigo”, “Hoy estoy raro” o “Yendo a la casa de Damián”. 

Arte del disco Raro (2006)

-En la más reciente “Contrapunto para humano y computadora”, decías que querías hacer algo más hip hop free style, pero te inspiraste en “Florentino y el Diablo”, una obra folklórica, original del venezolano Alberto Arvelo Torrealba. ¿Qué te llamó la atención? ¿Qué tomaste de ella? 

-Yo soy recontrafanático de “Florentino y el Diablo”. Había una versión de los Olimareños, un dúo muy famoso de acá, que tienen unas voces increíbles, una grave y otra más aguda. Los escuchaba de chico, los ponía diez veces y me encantaba. Primero por el relato y por esto que también está en las payadas, de terminar la décima con una frase, por la que el otro tiene que empezar y que te cambia toda la rima y la estructura para poder contestar y vencer al oponente. Me encantaba que fueran 30 minutos, todo un lado de un vinilo. Yo lo escuchaba sin parar y pensaba que sólo habían pasado tres minutos. Me encantaba ese mantra en el que entrabas. De hecho, cuando empecé Contrapunto… pensé en hacer una canción de 25 minutos, luego me corté y al final quedó en seis.

-El tema de la identidad y la individualidad en “El Hijo de Hernández”, la opresión y las injusticias en “Miguel gritar” o “Nada es gratis en la vida”, la alienación en “Apocalipsis zombie”… ¿Les gusta hacer crítica social, pero desde un punto de vista individual?

-Sí, tal cual. En esto de la crítica social hemos atravesado un montón de cambios. Pero nunca hacemos panfleto, esto de: yo tengo la verdad sobre determinado problema político o social, tengo el micrófono y todos me van a hacer caso. Lo que hacemos es encarar el tema de una forma diferente. Por ejemplo, en “Buen día Benito” no íbamos a decir “fuera el bullying”. Lo tomamos desde la venganza. ¿Está bien vengarse del culpable de todos tus males? Y cuando la tocamos se me pone la piel de gallina, porque siempre veo las primeras filas y pienso: estos pibes deben haber sufrido bullying, porque me la cantan con rabia como diciendo: ‘ajusticialo por mí, matame a mi Benito. Oyes la canción y te das cuenta de que todos tenemos muchos Benitos y todos somos nuestro Benito. De hecho, en el video me imaginaba que mientras buscaba a ese Benito, al culpable de todos mis pesares, levantaba una frazada y me encontraba a mí mismo. Yo era mi Benito. 

El día que Artigas se emborrachó

-Con “El día que Artigas se emborrachó” sufrieron un proceso de censura por una denuncia del Ministerio de Educación y Cultura, el primero después del regreso a la democracia en 1985. En España recientemente se condenó al rapero Pablo Hasél por enaltecimiento al terrorismo e injurias a la corona. ¿Cómo ves la censura en la actualidad? 

En aquel momento lo que nos censuró fue el poder político, el resabio de lo que quedaba de la dictadura militar, porque nos metimos de forma irónica con el padre de la patria. Pero a mí me parecía al revés. Cuando hice esa canción, me imaginaba que era traer a la tierra a alguien que estaba en las estatuas, en el imaginario colectivo, pero que nadie veía como a un ser humano. ¡Pobre hombre! Él tuvo que emborracharse alguna vez. Esa ironía y humanización no sé entendió y si te soy sincero creo que 30 años después tampoco se entendería. Estuve releyendo 1984 (de George Orwell) y el doble pensar está más presente que nunca. Antes estaba la censura del poder político. Pero ahora está también la censura de la gente, la política de la cancelación y creo que hoy pueden estar a la par. Incluso, puede que sea más fuerte la censura de las redes sociales, porque realmente te pueden impedir expresarte.

-Precisamente, desde sus inicios han tocado temas polémicos en canciones como “No somos latinos”, “Maten a las ballenas”. Si hay algo que los caracteriza es la ironía. ¿Hay espacio para ello en tiempos de lo políticamente correcto? ¿Qué opinas de la política de cancelación? 

-Han cambiado mucho los paradigmas de lo que es correcto o incorrecto, especialmente para nosotros que en los 90 teníamos muy metido un lenguaje políticamente incorrecto. Éramos la generación postdictadura y nos interesaba cantar y hacer lo que antes teníamos prohibido. Hoy no se me ocurriría hacer canciones de ese tipo y si lo hiciera seguramente estarían censuradas, por cómo se toman esos temas ahora. En ese momento el doble sentido todavía estaba permitido. Hoy la literalidad le ha ganado a la ironía. Y se ha llegado a un extremo donde casi no se pueden mencionar ciertas cosas, ni para denunciarlas. Aquellas canciones no las volvería hacer, pero me encanta que estuvieran hechas en su momento, y que tuvieran su tiempo y su lugar. 

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Mientras más a la deriva de la verdad se encuentra una sociedad, más odiará a quienes la dicen

Ahora no hay espacio para la ironía, al menos no de la forma como la teníamos establecida. El otro día escuchaba a (Martin) Scorsese que decía que se había desvirtuado lo que eran los guiones de cine, porque los tenían que aprobar los ‘lectores de sensibilidad’. De todas maneras, creo se puede asumir como un desafío: encontrar la manera de hablar de los temas que quiero, de denuncia o sociales, evadiendo ese camino o quizá haciendo una ruta más larga. En “Apocalipsis Zombi”, por ejemplo, me interesó retratar a la sociedad como un zombi, cada uno en su asunto, sin ver ni saber de nada. Así lo hice y creo que fue bien tomada. Puede que esto sea un péndulo. Estuvo en un lado, ahora está del otro y quizá en un futuro llegue a un lugar intermedio. 

-En sus temas música y letra vienen como imbricadas, los cruces rítmicos y arreglos pareciera buscan apuntalar un concepto. Así está el reggaetón de “Apocalipsis zombi” aludiendo a la viralidad, o ese punk que quiebra la cumbia de “Mario Neta”, para denunciar el consumismo. En “Ya no sé qué hacer conmigo” la descarga hip hop existencialista es atravesada por son y milonga. ¿Es la forma de hacer rock latinoamericano? ¿Cómo se da ese cruce de géneros?

-Todo lo que hemos hecho de fusión con otros géneros ha sido porque la canción lo pedía y porque artísticamente nos parecía bueno probar con algo. En “Calma Vladimir” nos pareció interesante que comenzara con una chacarera, tocada con un bombo legüero y que terminara con un hardcore; que la música fuera con ese in crescendo de la letra. También es muy importante la labor del productor. En “Mario Neta” ese contraste que señalas estaba, pero Eduardo Cabra (uno de los productores de Jueves) lo acentuó. En “Cuando sea grande” mucha gente criticó el autotune exagerado en el coro, pero para nosotros tenía sentido, porque ahí hablábamos de ser sincero, de decir la verdad y como contraste artísticamente aportaba mucho. 

-Desde chico te gustaban los juegos de palabras, que luego llevaste a tus letras con muestras paradigmáticas como la paradójica “Lo malo de ser bueno” o la ingeniosa “Yendo a la casa de Damián”. ¿De dónde viene ese regusto?  

-Primero de haber sido buen lector desde muy chico. En casa a mi papá le gustaba la ciencia ficción, no la de las batallas interestelares, sino la más científica en sí: Isaac Asimov, Ray Bradbury, H. P. Lovecraft. Esas fueron mis primeras lecturas. Luego de adolescente me volví más lector de Cortázar, Borges, García Márquez y de un montón de escritores uruguayos como Mario Levrero. Todo ese enriquecimiento y ese juego de palabras salió de allí, de esa lectura temprana y haber visualizado el español como un idioma super rico.  A veces me digo: qué lástima no haber nacido en Estados Unidos o en Inglaterra, para tener un montón de palabras agudas de una o dos sílabas, que puedes meter en un millón de canciones y todas significan algo distinto. En cambio en español tenemos palabras esdrújulas complicadísimas de meter en una canción. Pero también ahí está la magia.

TEDxMontevideo donde Roberto Musso, compositor y vocalista de Cuarteto de Nos,
cuenta su personalísima forma de componer

-“Ella no llora” es bastante diferente tanto en lo musical como en el abordaje, seguramente por ser muy personal. ¿Tu aproximación fue diferente? 

-La razón es que fui padre, de otra forma me hubiera sido imposible hacer una canción similar, igual que con “21 de septiembre” que habla del Alzheimer, la enfermedad de mi mamá. Yo no sabría escribir sobre algo que no conozco, sobre un tema que me es ajeno o sobre una emoción que nunca viví. Fue también riesgosísima. Es una de las canciones que más me ha costado hacer, porque cualquier frase, cualquier palabra podía llevarme a lo cursi, a algo mucho más light o a un lugar que no quería ir. En ese tipo de canciones estás en una cornisa y te puedes desbarrancar para un lado u otro. Cuando la empecé a mostrar vi que el efecto era el que quería: que te pegara la emoción y que no fuera un lugar común. Al principio nos preguntábamos cómo meterla entre “El Hijo de Hernández” y “Buen día Benito”. Pero ahora nos encanta que esté en el repertorio. Los shows en vivo ganaron una dimensionalidad que no teníamos con esta canción emotiva. 

-Videos como “Yendo a la casa de Damián”, con esos avatares de videojuegos, o “Ya no sé qué hacer conmigo”, donde cada palabra adquiere una capacidad casi plástica, fueron muy potentes y significaron mucho para su proyección. ¿Cómo surgen las ideas para sus videos? 

-Aquí en Uruguay el campo de las artes visuales está muy desarrollado, con un nivel técnico y creativo muy alto. Más ahora en pandemia, hay un montón de gente de publicidad, cine y series que está filmando en Uruguay, como Amazon. Dentro de este ambiente tenemos muchos directores amigos como referencia. Cuando tenemos una canción se la mandamos. Cada uno envía su idea y elegimos. Mucha gente piensa que llevar las canciones de El Cuarteto a video es muy fácil, porque tienen muchas imágenes visuales y elementos. Pero es justo lo contrario, porque el que el video cuente solo una dimensión de la canción no me gusta. Yo quiero un video que deje abierta la canción a interpretaciones. El video de “Ya no sé qué hacer conmigo”, que es como un video lyric antes que existieran, fue un golazo porque lo potente que tenía la canción lo reforzó. Y “Yendo a la casa de Damián”, con ese discurso abstracto ubicuo, que no se sabe bien el tiempo/lugar en que sucede, me parece es uno de los videos mejor logrados de toda nuestra historia. Ese lenguaje abstracto y surrealista de la canción es totalmente atemporal. En lo personal me gusta “Roberto”, en blanco y negro, que es de Martín Sastre. No es de los más vistos, pero es de mis favoritos por esa óptica cinematográfica. 

Videoclip que lanzó a la fama internacional de Cuarteto de Nos. Nominado al Grammy Latino como mejor canción rock

 -Decías en “Contrapunto humano computadora” que tus mundos de la informática y la música colisionaron. En esa canción se denuncian varias cosas de la humanidad, pero ¿qué piensas hoy de la tecnología y la inteligencia artificial? 

-Yo soy de la generación que hizo Internet y ahí soy bastante crítico. Me gusta ver todas sus virtudes haciéndonos la vida más fácil, pero veo también las otras campanas, los daños psicológicos que puede generar, lo nocivo. Lo ideal es el balance, pero como seres humanos todo se va al lado negativo. Yo tengo una mezcla de sentimientos. Creo que hoy prevalecen más las cuestiones negativas, pero por culpa de nosotros, por no saber usarla. La canción surgió cuando vi a mi hija peleándose con Siri y ahora ya está pidiéndome tener un canal en Tik Tok para ella sola, con nueve años. Se pone a jugar con sus amigas, todas en casa, pero juegan con sus avatares virtuales estando una al lado de la otra. También está lo de limitarles las pantallas: si te vas a una pijamada, te vas sin computadora. Es complicadísimo. Te ponen en una encrucijada como padre. Con muchos compañeros de esa época decimos que engendramos un monstruo sin saberlo.

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