Blade Runner: viejo sci-fi, distopía presente
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Blade Runner: cuando la distopía nos alcanzó

Una de las cosas más impactantes de Blade Runner es el cercano apocalipsis que pintó Ridley Scott en esa Los Ángeles 2019. Cuando finalmente llegamos a la fecha estipulada para ese futuro catastrófico, vemos que, aunque los vehículos voladores aún no cruzan el cielo, en nuestro presente sí hay mucho del modelo de sociedad que predijo este clásico ciberpunk.

El infierno en la Tierra se nos presenta desde el primer plano: la vista aérea de Los Ángeles en 2019, un inmenso parque hiperindustrial, superpoblado y caótico, donde la oscuridad de la noche es sólo cortada por las llamaradas que eructan gigantescas chimeneas. Un vehículo volador aterriza en la cima de una imponente pirámide, mientras el reflejo de las luces y el fuego dibujan una suerte de galaxia en la pupila azul intenso del replicante Roy Batty.

La imagen cósmica no deja de ser hermosa, pero en lugar de un ‘hágase la luz’, el resplandor solo atraviesa brevemente las tinieblas de polución y lluvia sucia, para ubicarnos en la distopía: una urbe abigarrada y asfixiante, donde los diferentes efluvios de una modernización compulsiva se han ido superponiendo, dejando expuestos los restos de su fracaso.

Borrador de Ridkey Scott para Blade Runner (1982)

Ahora, cuando finalmente llegamos a la fecha estipulada para ese futuro catastrófico, ¿qué encontramos de Blade Runner (1984) en el mundo actual? En nuestro noviembre de 2019 los vehículos voladores aún no cruzan el cielo, aunque AeroMobil promete su primer modelo para 2020. Tampoco la inteligencia artificial ha logrado desarrollar replicantes, aunque Boston Dynamic ya sacó su Spot para trabajar en el mundo real.

«Su imagen apocalíptica no se muestra distante o ahistórica»

Pero más allá de los artefactos, los cuestionamientos sobre los límites de la ciencia y lo humano, o la contraposición paradójica entre humanos y replicantes, lo que también resulta fascinante y desolador de este clásico es la vigencia del cuadro de fondo: el modelo de sociedad que sirvió de dantesco escenario para la cacería de los Nexus 6.

Reconocida como una de las películas más influyentes de todos los tiempos, uno de sus grandes aciertos -y por lo que es considerada precursora del ciberpunk– es precisamente porque su imagen apocalíptica no se muestra distante o ahistórica. Luce terriblemente cercana y plausible porque se proyectó sobre las tendencias del momento, al punto de que hoy, 37 años después de su estreno, podemos ver ecos de sus predicciones en el desastre ecológico, la desigualdad global, las migraciones masivas o las explosiones sociales en China, Ecuador o Chile, laboratorio y cuna del modelo neoliberal.

Borrador de Ridley Scott para Blade Runner 1982

A diferencia de películas como 2001: A Space Oddysey (1968), donde la racionalidad del universo artificial es pulcra e integral, la ciudad de Ridley Scott y el diseñador Syd Mead parece construida por yuxtaposición histórica. Se distingue también de las pesadillas de la primera mitad del siglo XX, como 1984, donde es el control del caos lo que lleva a los totalitarismos y a la perdida de individualidad, por lo que se pretende borrar todo pasado. En Blade Runner, en cambio, lo que ilustra la distopía y deshumanización es la caótica acumulación de objetos que, aunque creados para beneficio del hombre, parecieran haberse vuelto autónomos y ajenos.

Así, en la versión fílmica de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) existen máquinas para detectar replicantes, pero conviven con ventiladores de techo, gárgolas desvencijadas y modas de varias décadas. Los objetos y edificios se reciclan y acondicionan con alta tecnología, pero el ‘retrofitting’ deja las instalaciones impúdicamente expuestas, porque la inversión se fue a las colonias y siempre habrá otra reforma.

«Una ilustración de los extremos del desarrollo capitalista devenido en crudo neoliberalismo»

Hay vehículos voladores, pero aterrizan en calles superpobladas, desordenadas y sucias, inexorablemente mojadas por la lluvia ácida. Se pueden crear seres con igual o mayor destreza e inteligencia que el hombre, mientras en otros mundos prolifera la vida, pero en la Tierra se mantiene una masa multiétnica de marginados que sobreviven del saqueo o lúgubres negocios callejeros, como el bar donde vemos a Rick Deckard por primera vez. “Ex policía, ex Blade Runner, ex asesino”, nos dice, mostrándose como un ser desconectado, rendido y apático.

La moderna precarización de lo humano

Más que una era que terminó y dio lugar a una posmodernidad catastrófica como la de Mad Max (1979), la visión apocalíptica de Blade Runner pareciera hablarnos de una crisis de la Modernidad. Resulta más una ilustración de los extremos del desarrollo capitalista devenido en crudo neoliberalismo, o una alerta sobre la precariedad y deshumanización de la “modernidad líquida”, que denunciaba el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman.

Razón y progreso siguen siendo las máximas, tal y como evidencian las chimeneas en constante combustión. Pero la pobreza y la marginalidad, lejos de terminarse, se han llevado a escalas planetarias. Así como en el mundo actual el 1% más rico acumula el 82% de la riqueza global, con libre acceso a donde las élites prefieran tomar desayuno, en Blade Runner sólo los pobres quedan atados a la Tierra, como el resto de nosotros lidia hoy con fronteras, muros y visados de los que puede depender la vida.

«Individuos alienados, desclasados y solos, que ya ni cuentan como consumidores»

Allí está Eldon Tyrell quien, con un despliegue titánico de la razón, creó vida a su imagen y semejanza. “Más humanos que los humanos”, dice el eslogan de la Tyrell Corp., empresa multinacional o más bien cósmica, ubicada en una gigantesca pirámide. Espaciosa y ordenada, es el único lugar donde entra el sol. Los rayos inundan un salón con columnas de cánones clásicos y no pocas semejanzas a un templo pagano, como subrayando su carácter divino y civilizatorio, símbolo del desarrollo tecnológico convertido en negocio rentable.

Se han conquistado nuevos territorios, pero la Tierra ha quedado devastada, sin animales ni plantas, reducida a pista de aterrizaje de los capitales golondrina de alcance sideral. La inversión y especulación financiera tampoco tienen compromiso alguno con la localidad o el destino de sus habitantes. Ni siquiera si se trata de diseñadores genéticos como J.F. Sebastian, científico brillante que, aunque juega ajedrez con el “dios de la biomecánica”, sobrevive en su laboratorio sin seguridad social o laboral, ni más compañía que los “amigos” que diseña.

Al ras del suelo solo queda una masa multirracial de individuos alienados, desclasados y solos, que ya ni cuentan como consumidores. No pueden acceder a la nueva vida de las colonias por falta de dinero, imperfección biológica -como Sebastian y su envejecimiento prematuro- o cualquier otro defecto achacable al individuo -inadecuación del yo, decía Bauman-, y no a un sistema que beneficia desigualmente a sus integrantes.

Escena de Blade Runner (1982)

En estas condiciones no hacen falta costosos y complicados sistemas de control, como los temidos por Orwell. La propia precariedad y vulnerabilidad del individuo basta. No hay ciudad de “Los de Arriba” y “Los de Abajo” como en Metropolis (1927), pero existen colonias, a las que el propio individuo sabiéndose –o creyéndose- inadecuado, no aspira llegar.

Mientras, las autoridades territoriales pueden ser reducidas a gestores de los cuerpos seguridad, que mantienen el orden sin ralentizar los negocios. Al servicio del capital, los Blade runners se encargan, incluso, de “retirar” lo descartable del sistema: replicantes rebeldes, como pudieran ser los refugiados o cualquier otro chivo expiatorio, que evidencie las inoperancias del modelo. Al fin y al cabo, la búsqueda de Roy Batty es en realidad una revolución vital.

Declarado oficialmente replicante, proscrito y no humano, Roy ha dedicado sus cuatro años de vida a la autoconstitución: ha amado y visto cosas “que vosotros no creeríais”, se ha rebelado a su padre-creador, y toda su incursión en la Tierra ha sido para desmontar cada uno de los eslabones de esta estructura de poder –civilizado y racional- que lo declara a él y a sus compañeros, diseños defectuosos destinados a retiro. Su lucha y sed de vida se erigen también más humanas que las de los humanos, al cuestionar los mismos parámetros que dejaron al hombre sumido en la anomia y la desconexión.

Los diseños de producción de Blade Runner

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