Battle Royale, entre el poder y la inocencia

La novela Battle Royale es un cuento de adolescencia bajo un totalitarismo cruel y una alegoría de la sociedad contemporánea, donde los valores humanos y la ética son pervertidos y transformados en lastre para la propia supervivencia. Niños degradados por el miedo, adultos deshumanizados.

Antes de Fortnite y su ejército de adictos. Antes de las películas y los libros de Los juegos del hambre. Antes de la peculiar adaptación al cine en que aparece Takeshi Kitano. Antes de todo eso estuvo Battle Royale.

La novela de Koushun Takami está ambientada en una línea de tiempo alterna, en la que después de la Segunda Guerra Mundial, Japón se ha convertido en la República del Gran Oriente Asiático. Un régimen nacionalsocialista, en donde el culto al Estado y a la figura del dictador conforman lo más parecido a una religión. La obra entrega una particular visión sobre una dictadura fascista, pues el Estado toma medidas brutales ante cualquier señal de abierta oposición, mientras en otros aspectos parece más relajado, como en la tolerancia con religiones extranjeras, el servicio militar en apariencia voluntario, la violencia entre ciudadanos, y los vicios en general. Esto es como 1984, pero con Valium.

Una de las excentricidades de esta república es el Programa de Experimentación Bélica Nº 68, que consiste en que una vez al año 50 clases escogidas al azar entre los diversos institutos, son secuestradas, enviadas cada cual a una isla y obligados a pelear a muerte entre compañeros, hasta que sólo quede uno, que ganará una pensión vitalicia y una foto autografiada del dictador… kawaii desu ne?

«El poder abusa de los niños precisamente porque, como leviatán de la adultez, no requiere justificarse»

A los estudiantes se les entrega un bolso con algunos insumos, un arma escogida al azar por el ejército, que puede ser desde un tenedor hasta una ametralladora, y un collar para monitorear su ubicación y signos vitales, obligándolos a moverse permanente, pues la isla tiene zonas prohibidas que irán cambiando cada cierto tiempo. Quien pretenda escapar, no respete las zonas prohibidas o intente quitarse el collar activará su autodestrucción y morirá decapitado. Cada 24 horas alguien debe morir o todos los collares explotarán. En suma, el viaje escolar con el que todos hemos soñamos.

¿Por qué un gobierno que parece tener todo bajo control, con una masa de ciudadanos absolutamente alineados con el régimen y que es capaz, a su vez, de entregar un estándar de vida aceptable, recurre a algo tan rebuscado y cruel? No tendremos jamás una certeza, porque los caminos del poder son misteriosos y porque BR es una novela sobre quienes lo padecen: los ciudadanos en formación. Para ellos da igual si el gobierno los tortura para infundir temor, para entretener a sus tropas o por creer que eso ayuda a formar el carácter del pueblo. El poder abusa de los niños precisamente porque, como leviatán de la adultez, no requiere justificarse, porque sus partidarios siempre defenderán irreflexivamente sus atribuciones, se apegarán a normas absurdas como la Programa de Experimentación Bélica N°68, bajo la banal excusa de que siempre ha sido así o porque las consideran ya parte de su identidad.

«Promueve valores que entran en conflicto con la lógica de competencia»

La novela narra lo ocurrido con los 42 estudiantes del Tercero B, del Instituto Shiroiwa. Lo que en pocas palabras es una carnicería en que se pondrán a prueba la lealtad, la confianza, los traumas y en definitiva la moral rudimentaria que han logrado configurar los personajes a su corta edad, en condiciones tan adversas. Es decir, somos testigos de cómo los personajes hacen lo mejor que pueden, con lo que la vida ha hecho con ellos. Todo en un contexto de circo romano, en el que afloran las miserias más pequeñas, el cálculo mezquino, la cobardía inconfesable, las rencillas infantiles y los caprichos más sádicos. Porque a pesar del entorno retorcido, BR es un buen retrato de la adolescencia, en donde las decisiones se toman por cosas que, vistas desde la adultez, no tienen mayor valor, pero que a cierta edad lo son todo: una palabra de aliento, un desprecio, una broma en el lugar y tiempo equivocados pueden tener consecuencias insospechadas.

BR nos muestra una crítica brutal al sistema escolar, que promueve valores que entran en conflicto con la lógica de competencia que el mismo sistema propicia, por tanto la ética termina siendo un lastre. Los afectos, desde la más pura amistad hasta el deseo verdadero, llevarán a la muerte a varios de los 42 estudiantes, y todos aquellos que se opongan a la idea de matarse unos a otros, recibirán el castigo que en tal contexto merece la inocencia y la fraternidad.

Cerrada la trama, el autor apela directamente al lector/a, para explicitar aquello que intuimos: los sobrevivientes son ya parte nuestra, con ellos compartimos el duelo por una humanidad perdida, pero también la rabia contra el poder institucional y el temor que instala en nuestros corazones. Porque el miedo puede llevarte a traicionar a quienes más quieres, a denunciar a tu vecino, a sospechar del dependiente de la esquina, el miedo te puede convertir en un idiota patriotero, en un asesino vanidoso y frustrado al mismo tiempo, en un soplón de la policía, en un bot de Twitter, en un matón de barrio, en un niño solo en la isla de su mente, esperando como un animalito, matar o morir.

Ready Player One, la nostalgia al acecho

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